¡Es un niño!
La exclamación llegó a través de la puerta que se entreabría para dar paso a la nurse con el bebé en los brazos. Sólo un hombre viejo y huraño la recibió, miró casi con indiferencia al recién nacido y se alejó caminando despacio. La sorpresa y el desencanto regresaron a la mujer de vuelta a la sala de partos, con la pequeña carga. Lo acostó al lado de la joven mamá, y se retiró discreta.
¿Para qué hacer preguntas difíciles?
El llanto débil y continuo quebró la tranquilidad de la habitación, una enfermera, en tono suave y cordial, conversó con la paciente por unos momentos. Luego, la trasladaron a la sala común del hospital, dividida por tabiques cada cuatro camas. En su sector, sólo la de ella estaba ocupada, a esa hora de la noche. Miraba alrededor las sombras proyectadas sobre las paredes, la soledad se hacía más profunda todavía. A su lado, en una cuna con barrotes de hierro, dormía su hijo, ¡su hijo!
¿Y ahora qué?
El amanecer se demoraba, la ventana de la izquierda tenía las cortinas descorridas, un triángulo blanco y brillante le hablaba de una luna que no lograba ver del todo. Sus ojos, irritados por largas horas de llanto y sufrimiento, no se rendían al cansancio. Pensaba y pensaba, la decisión, tan firme en un primer momento, ya no lo era tanto.
¿Tendría el coraje?
La tormenta arreciaba con furia, tras dos días de agobiante calor. El viento, los truenos y relámpagos eran incesantes. Por fin, el aguacero se desató sobre la ciudad. Desde la avenida, se vio a una delgada figura avanzar corriendo hacia la parada del autobús, que frenó bruscamente ante la inesperada aparición. La pregunta del chofer la trajo a la realidad y a sus brazos vacíos.
¿Hasta dónde va?
Cristina Scarlato
viernes, 4 de julio de 2008
CON LOS OJOS CERRADOS
Todavía no estoy despierta del todo, en medio de la noche, aparecen imágenes del sueño recientemente abandonado, que me confunden por unos momentos. Me encontraba en un gran patio, rodeado de plantas, baldes con ropa y escobas, participando de una reunión familiar junto a los que ya no están. Se veían como en sus mejores épocas. Ahora, el ruido de la calle, el tic-tac del reloj, el murmullo del ventilador, me desorientan. Quiero atrapar esa escena, cierro los ojos y procuro dormirme para rescatarla, pero se aleja veloz a medida que trato de recordar.
La enfermera trae un nuevo día, el control de mis funciones antes de que amanezca y concluya su turno de trabajo. La sonrisa amable, los modales suaves, son un aliciente para enfrentar lo que resta por vivir. Tal vez, una madrugada llegue hasta mi cama y yo no haya regresado de mi sueño. Me hablará como siempre, acercará su rostro al mío, comprobando que, a partir de entonces, formo parte de aquella escena en donde me estaban aguardando. Quizás, un último gesto mío, pueda devolverle una amable y suave sonrisa.
Cristina Scarlato
La enfermera trae un nuevo día, el control de mis funciones antes de que amanezca y concluya su turno de trabajo. La sonrisa amable, los modales suaves, son un aliciente para enfrentar lo que resta por vivir. Tal vez, una madrugada llegue hasta mi cama y yo no haya regresado de mi sueño. Me hablará como siempre, acercará su rostro al mío, comprobando que, a partir de entonces, formo parte de aquella escena en donde me estaban aguardando. Quizás, un último gesto mío, pueda devolverle una amable y suave sonrisa.
Cristina Scarlato
martes, 24 de junio de 2008
Señor Myers
Sr. Myers
El Sr. Myers mezcló los dados en un vaso de plástico y los arrojó sobre el diario que oficiaba de mesa, como si en ello le fuera la vida. Los empujó con la vista, rodaron caprichosamente hasta que cayeron desmayados, el primero, quedó, después de rebotar dos veces, en un cuatro, el otro, siguió girando como un trompo, hasta que se dejó caer suavemente con un tres en diagonal. A Myers, se le iluminó la cara arrugada y agria; siempre había parecido agria, que nada lo satisfacía. Cerró el puño y lo levantó hacia el cielo con un ¡Vamos Carajo! que le salió del alma y resonó en el vagón trocando esperanza por certeza, desazón por alegría.
Cuando uno nace en un pueblo fundado a la vera de una línea de ferrocarriles, su destino queda atrapado también a las paralelas que llevan y traen todos los días los sueños pueblerinos. Tomé el tren de las veinte horas, regresaba a mi casa y sabía que tendría que saludar a vecinos y amigos. Durante años, compartimos el mismo vagón, donde nos enterábamos de las noticias, noviazgos, casamientos, entierros e infidelidades, muchas veces relatadas por alguno de los protagonistas. También teníamos contadores oficiosos, como Tucho, que siempre aportaba substanciosas anécdotas y chimentos de primera mano. Pero esa noche era distinta, todos guardaban silencio y parecían conocer algo que yo no terminaba de captar. No entendía a qué jugaban con solo dos dados y tampoco sé, qué jugaron esa noche, en ese tren. No supe lo que iba a suceder hasta que todo hubo terminado, pero una frase que había escuchado al pasar, resonó en mi cabeza, Tucho había dicho “A los viejos no les queda otra cosa que esperar...”
Y parece que al fin, estos dos, se habían encontrado frente a frente.
Ahora, Don Luis, era el que hacía bailar los dados entre sus manos en forma de cubilete.
Serio el hombre, soplaba infundiéndoles aliento, luego fue abriendo sus dedos dejando caer los dados, infortunadamente, chocaron entre ellos y cayeron, sin ninguna elegancia sobre el tapete. Giraron sobre su eje una vez más y en la mitad de la otra, no les alcanzaron las fuerzas, entonces, aparecieron ante la vista de todos, un pobre par de dos que provocaron estupor en Don Luis y en los que se habían puesto de su lado.
La cara se le tornó amarilla, como el color de su camisa.
—Faltó una media vuelta no más— dijo— y lamentaba su suerte, después, respetuosamente, pidió la revancha.
Como en todos los juegos, el ganador puede concederla o bajarle el pulgar a su competidor.
—No— le dijo Myers— aquí se terminó todo.
Hubo un generalizado murmullo de desprecio, al que siguió un pesado silencio.
Se miraron a los ojos. Don Luis, sacó de su bolsillo un papel doblado y se lo entregó.
Myers lo guardó en el suyo, sin un gesto.
Los participantes se retiraron, cada uno por su lado, a otro lugar.
Don Luis desapareció para siempre de ese vagón y de ese tren.
Myers se recostó en el asiento y cerró los ojos. Los hombres siguieron charlando y riendo. Las voces parecía venir de muy lejos; pronto se fundieron con los ruidos del tren. Y poco a poco Myers se sintió llevado, y luego traído, por el sueño.
Víctor Troncoso
El Sr. Myers mezcló los dados en un vaso de plástico y los arrojó sobre el diario que oficiaba de mesa, como si en ello le fuera la vida. Los empujó con la vista, rodaron caprichosamente hasta que cayeron desmayados, el primero, quedó, después de rebotar dos veces, en un cuatro, el otro, siguió girando como un trompo, hasta que se dejó caer suavemente con un tres en diagonal. A Myers, se le iluminó la cara arrugada y agria; siempre había parecido agria, que nada lo satisfacía. Cerró el puño y lo levantó hacia el cielo con un ¡Vamos Carajo! que le salió del alma y resonó en el vagón trocando esperanza por certeza, desazón por alegría.
Cuando uno nace en un pueblo fundado a la vera de una línea de ferrocarriles, su destino queda atrapado también a las paralelas que llevan y traen todos los días los sueños pueblerinos. Tomé el tren de las veinte horas, regresaba a mi casa y sabía que tendría que saludar a vecinos y amigos. Durante años, compartimos el mismo vagón, donde nos enterábamos de las noticias, noviazgos, casamientos, entierros e infidelidades, muchas veces relatadas por alguno de los protagonistas. También teníamos contadores oficiosos, como Tucho, que siempre aportaba substanciosas anécdotas y chimentos de primera mano. Pero esa noche era distinta, todos guardaban silencio y parecían conocer algo que yo no terminaba de captar. No entendía a qué jugaban con solo dos dados y tampoco sé, qué jugaron esa noche, en ese tren. No supe lo que iba a suceder hasta que todo hubo terminado, pero una frase que había escuchado al pasar, resonó en mi cabeza, Tucho había dicho “A los viejos no les queda otra cosa que esperar...”
Y parece que al fin, estos dos, se habían encontrado frente a frente.
Ahora, Don Luis, era el que hacía bailar los dados entre sus manos en forma de cubilete.
Serio el hombre, soplaba infundiéndoles aliento, luego fue abriendo sus dedos dejando caer los dados, infortunadamente, chocaron entre ellos y cayeron, sin ninguna elegancia sobre el tapete. Giraron sobre su eje una vez más y en la mitad de la otra, no les alcanzaron las fuerzas, entonces, aparecieron ante la vista de todos, un pobre par de dos que provocaron estupor en Don Luis y en los que se habían puesto de su lado.
La cara se le tornó amarilla, como el color de su camisa.
—Faltó una media vuelta no más— dijo— y lamentaba su suerte, después, respetuosamente, pidió la revancha.
Como en todos los juegos, el ganador puede concederla o bajarle el pulgar a su competidor.
—No— le dijo Myers— aquí se terminó todo.
Hubo un generalizado murmullo de desprecio, al que siguió un pesado silencio.
Se miraron a los ojos. Don Luis, sacó de su bolsillo un papel doblado y se lo entregó.
Myers lo guardó en el suyo, sin un gesto.
Los participantes se retiraron, cada uno por su lado, a otro lugar.
Don Luis desapareció para siempre de ese vagón y de ese tren.
Myers se recostó en el asiento y cerró los ojos. Los hombres siguieron charlando y riendo. Las voces parecía venir de muy lejos; pronto se fundieron con los ruidos del tren. Y poco a poco Myers se sintió llevado, y luego traído, por el sueño.
Víctor Troncoso
Ruinas
Ruinas
No lleves ruinas en la mente.
RAY BRADBURY
Pensando en vos, busqué una copa, de las panzonas, de buen cristal. La repasé cuidadosamente con una servilleta de papel, mirándome en su reflejo, un poco más canoso, algún que otro surco sobre la frente, un tanto más serio que de costumbre. Fui hasta la pequeña bodega en el garage y elegí entre las opciones, un vino fresco del Valle del Tulúm, en el lado este de la Cordillera de los Andes, Provincia de San Juan.
Pensando en vos, mientras hacía girar el contenido en mi copa te imaginé llevando un largo vestido en rojo cereza, danzando a mi alrededor. Todavía, en mi memoria olfativa, encontraba rastros del café que compartimos, el humo de las maderas quemándose en el hogar de la cabaña, la leña trepidante y la chimenea lanzando mensajes a las estrellas en un cielo despejado e infinito, donde nos perdíamos embelesados.
Pensando en vos, después de un último beso con sabor a frambuesa, un beso frutal, amable, redondo, como el vino Merlot, con cuerpo y sofisticado, que tomamos. El Merlot es un vino sencillo, fácil de catar, sabe a frutas, rosas, pimienta negra y canela. Lo aprendiste muy rápido, durante esos seis meses en que hablábamos, nos reíamos y al amanecer, rendidos, dormíamos en un abrazo, hasta el sol fuerte del medio día.
Pensando en vos, me encontré llevando tu mochila hasta la terminal, mi mano no dejaba de balancearse estúpidamente mientras el autobús, un gigante súper pullman, te alejaba de mi cama, te raptaba hacia la capital de los desencuentros.
Pensando en vos, tengo las manos llenas de buenos recuerdos pero vacías, te llevaste tu sexo y se me escapó la magia de la vida, ya no te puedo cobijar, calentar tus pies, envolverte con mi poncho salteño, hoy más rojo y más negro.
Posiblemente, para tus jóvenes sueños, mi amor fuese una cosecha tardía.
Víctor Troncoso
No lleves ruinas en la mente.
RAY BRADBURY
Pensando en vos, busqué una copa, de las panzonas, de buen cristal. La repasé cuidadosamente con una servilleta de papel, mirándome en su reflejo, un poco más canoso, algún que otro surco sobre la frente, un tanto más serio que de costumbre. Fui hasta la pequeña bodega en el garage y elegí entre las opciones, un vino fresco del Valle del Tulúm, en el lado este de la Cordillera de los Andes, Provincia de San Juan.
Pensando en vos, mientras hacía girar el contenido en mi copa te imaginé llevando un largo vestido en rojo cereza, danzando a mi alrededor. Todavía, en mi memoria olfativa, encontraba rastros del café que compartimos, el humo de las maderas quemándose en el hogar de la cabaña, la leña trepidante y la chimenea lanzando mensajes a las estrellas en un cielo despejado e infinito, donde nos perdíamos embelesados.
Pensando en vos, después de un último beso con sabor a frambuesa, un beso frutal, amable, redondo, como el vino Merlot, con cuerpo y sofisticado, que tomamos. El Merlot es un vino sencillo, fácil de catar, sabe a frutas, rosas, pimienta negra y canela. Lo aprendiste muy rápido, durante esos seis meses en que hablábamos, nos reíamos y al amanecer, rendidos, dormíamos en un abrazo, hasta el sol fuerte del medio día.
Pensando en vos, me encontré llevando tu mochila hasta la terminal, mi mano no dejaba de balancearse estúpidamente mientras el autobús, un gigante súper pullman, te alejaba de mi cama, te raptaba hacia la capital de los desencuentros.
Pensando en vos, tengo las manos llenas de buenos recuerdos pero vacías, te llevaste tu sexo y se me escapó la magia de la vida, ya no te puedo cobijar, calentar tus pies, envolverte con mi poncho salteño, hoy más rojo y más negro.
Posiblemente, para tus jóvenes sueños, mi amor fuese una cosecha tardía.
Víctor Troncoso
Sueños Posibles
Sueños Posibles
Tomó la copa en sus manos, los dedos se entrelazaron sintiendo todavía el calor de su contenido, escuchó muy por detrás y por arriba de su cabeza, una voz que le indicaba que sólo debía olerlo, e inspiró tan profundamente que sus ojos acompañaron el esfuerzo centrándose en si mismo, le pareció que su nariz apuntaba al Ganges y su cuerpo al Himalaya. En segundos, todo desapareció delante suyo, los párpados trasmitieron una oscuridad profunda, un fuerte aroma despertó a nuevos amaneceres, tierras vírgenes subtropicales y un suave temblor generalizado que nacía en su cuello y se trasmitía por la columna vertebral con la rapidez de un rayo. Aunque la copa le fuese arrebatada, sus manos ardían. Por las ventanas abiertas a la percepción de su olfato, ascendía un olor que no reconocía y que tampoco deseó decodificar, porque, extrañamente, le parecía que, en ese instante, él mismo, era el analizado por otros seres. Luego recordaría que olía a maderas perfumadas de oriente, a granos molidos que la Madre Tierra otorgaba a los más selectos druidas, siguiendo antiguas tradiciones que, algunos elegidos recibían de los maestros, en un bosque oculto a ojos humanos, desde tiempos inmemoriales. Trás las arenas de los lugares más alejados del planeta, de sorprendentes colores, con que las hadas cubrían sus alas, en un segundo plano, surgían selvas concéntricas impenetrables, a las que era imposible resistirse, enormes paredes tornaban verdes los sueños y las vidas. Mundos de casas de flores, con sabor a tarta de chocolate, coronadas con grosellas frescas y aroma a azúcar quemada.
Todavía sin abrir los ojos, vio el polvo de las estrellas suspendidas en el tiempo. Muy por detrás de la escena cotidiana, estaba la vía Láctea, en ciertas horas abierta como puerta mágica, por donde descendían los dioses a pasear por la tierra rodeados de elfos, duendes, trols y hadas, que son los seres guardianes de la naturaleza. Caminaban por el bosque y se mojaban los pies en la vertiente de la montaña.
Recordaba el color de tus cabellos y el brillo de tus ojos, cuando al fin se despabiló satisfecho. Su mente no dejaba de preguntarse por razones innecesarias, que atormentaron los sueños de aquellos que obtuvieron ésta copa con manos impuras. La llave para entender los secretos ignotos estaba suspendida ante la vista de todos, pero nadie lograba verla, aunque la estuviesen mirando, porque no podían comprender, si no se les había revelado “el camino”.
Cuando pudo abrir los ojos y entender, se dio cuenta de que nada había cambiado, miró a su alrededor con atención, el gato todavía seguía lamiéndose la pata. Estaba conciente de que, por unos segundos terráqueos, había tenido una conexión entre la realidad cotidiana y otra dimensión. Volvió a tomar la copa, a cerrar los ojos, a inclinar la cabeza, volvió a sentir que sus dedos se entrelazaban y podían sentir el calor de su bebida, pero la copa había vuelto a ser pocillo y el soma de los dioses, el elixir de la eterna juventud, un buen café de Colombia. Los dioses habían retornado a sus palacios. Los aromas celestiales provenían de sus inciensos. Simplemente un mortal, perseguido por tus ojos negros, profundos, y el punto rojo pintado en tu frente. Un hombre de sueños, fumando en su pipa de agua.
Víctor Troncoso
Tomó la copa en sus manos, los dedos se entrelazaron sintiendo todavía el calor de su contenido, escuchó muy por detrás y por arriba de su cabeza, una voz que le indicaba que sólo debía olerlo, e inspiró tan profundamente que sus ojos acompañaron el esfuerzo centrándose en si mismo, le pareció que su nariz apuntaba al Ganges y su cuerpo al Himalaya. En segundos, todo desapareció delante suyo, los párpados trasmitieron una oscuridad profunda, un fuerte aroma despertó a nuevos amaneceres, tierras vírgenes subtropicales y un suave temblor generalizado que nacía en su cuello y se trasmitía por la columna vertebral con la rapidez de un rayo. Aunque la copa le fuese arrebatada, sus manos ardían. Por las ventanas abiertas a la percepción de su olfato, ascendía un olor que no reconocía y que tampoco deseó decodificar, porque, extrañamente, le parecía que, en ese instante, él mismo, era el analizado por otros seres. Luego recordaría que olía a maderas perfumadas de oriente, a granos molidos que la Madre Tierra otorgaba a los más selectos druidas, siguiendo antiguas tradiciones que, algunos elegidos recibían de los maestros, en un bosque oculto a ojos humanos, desde tiempos inmemoriales. Trás las arenas de los lugares más alejados del planeta, de sorprendentes colores, con que las hadas cubrían sus alas, en un segundo plano, surgían selvas concéntricas impenetrables, a las que era imposible resistirse, enormes paredes tornaban verdes los sueños y las vidas. Mundos de casas de flores, con sabor a tarta de chocolate, coronadas con grosellas frescas y aroma a azúcar quemada.
Todavía sin abrir los ojos, vio el polvo de las estrellas suspendidas en el tiempo. Muy por detrás de la escena cotidiana, estaba la vía Láctea, en ciertas horas abierta como puerta mágica, por donde descendían los dioses a pasear por la tierra rodeados de elfos, duendes, trols y hadas, que son los seres guardianes de la naturaleza. Caminaban por el bosque y se mojaban los pies en la vertiente de la montaña.
Recordaba el color de tus cabellos y el brillo de tus ojos, cuando al fin se despabiló satisfecho. Su mente no dejaba de preguntarse por razones innecesarias, que atormentaron los sueños de aquellos que obtuvieron ésta copa con manos impuras. La llave para entender los secretos ignotos estaba suspendida ante la vista de todos, pero nadie lograba verla, aunque la estuviesen mirando, porque no podían comprender, si no se les había revelado “el camino”.
Cuando pudo abrir los ojos y entender, se dio cuenta de que nada había cambiado, miró a su alrededor con atención, el gato todavía seguía lamiéndose la pata. Estaba conciente de que, por unos segundos terráqueos, había tenido una conexión entre la realidad cotidiana y otra dimensión. Volvió a tomar la copa, a cerrar los ojos, a inclinar la cabeza, volvió a sentir que sus dedos se entrelazaban y podían sentir el calor de su bebida, pero la copa había vuelto a ser pocillo y el soma de los dioses, el elixir de la eterna juventud, un buen café de Colombia. Los dioses habían retornado a sus palacios. Los aromas celestiales provenían de sus inciensos. Simplemente un mortal, perseguido por tus ojos negros, profundos, y el punto rojo pintado en tu frente. Un hombre de sueños, fumando en su pipa de agua.
Víctor Troncoso
domingo, 22 de junio de 2008
La amaba con locura...
La amaba con locura y encontré su cuerpo muerto al llegar, aquel día.
Al trasponer la puerta no pude dar un solo paso. Ahí, con un tiro en medio de la frente, casi mirándome, estaba la mujer que me había embrujado.
Sus viajes, por razones profesionales, eran insoportables para mí, vivía esperando el regreso para colmarla de amor. Ella, no siempre llegaba contenta, a veces su malhumor duraba días. Pero mi infinita paciencia hacía su trabajo y en poco tiempo lograba hacerla reir, con cualquier tontería dicha al pasar.
La amaba con locura y encontré su cuerpo muerto.
Nunca hice caso de las miradas escépticas a mi alrededor, ni de los comentarios acerca de su promiscuidad. La gente del ambiente me trataba con indisimulado desprecio. Sólo me importaba ella. Nadie más que ella.
Y ahora, esto que me desconcierta, me enloquece, me llena de horror. ¿Quién pudo haber sido? Levanto su cabeza, a esos ojos que amé, los cierro definitivamente, para que nunca más contemplen nada.
La amaba con locura y encontré su cuerpo muerto.
Miro mis manos, sorprendido. El espejo estallado refleja mi cuerpo. Devuelve la imagen de un hombre desconocido, con una pistola humeante.
Cristina Scarlato
Al trasponer la puerta no pude dar un solo paso. Ahí, con un tiro en medio de la frente, casi mirándome, estaba la mujer que me había embrujado.
Sus viajes, por razones profesionales, eran insoportables para mí, vivía esperando el regreso para colmarla de amor. Ella, no siempre llegaba contenta, a veces su malhumor duraba días. Pero mi infinita paciencia hacía su trabajo y en poco tiempo lograba hacerla reir, con cualquier tontería dicha al pasar.
La amaba con locura y encontré su cuerpo muerto.
Nunca hice caso de las miradas escépticas a mi alrededor, ni de los comentarios acerca de su promiscuidad. La gente del ambiente me trataba con indisimulado desprecio. Sólo me importaba ella. Nadie más que ella.
Y ahora, esto que me desconcierta, me enloquece, me llena de horror. ¿Quién pudo haber sido? Levanto su cabeza, a esos ojos que amé, los cierro definitivamente, para que nunca más contemplen nada.
La amaba con locura y encontré su cuerpo muerto.
Miro mis manos, sorprendido. El espejo estallado refleja mi cuerpo. Devuelve la imagen de un hombre desconocido, con una pistola humeante.
Cristina Scarlato
viernes, 13 de junio de 2008
La Hamaca
Hacía varias semanas que él no sentía ganas de cortar el pasto ni las plantas. Sacaba cuenta de los movimientos a realizar: buscar las herramientas necesarias, un rastrillo, un machete, una guadaña, la piedra para afilar, las botas de cuero por las víboras y escorpiones que últimamente poblaban la casa y los pinches salvajes de ciertas plantas ponzoñosas que le daban urticaria. Silenciosamente, la selva iba ganando terreno, primero, tomó las plantas de frutas del fondo de la isla y las incorporó a su hábitat, luego, saltó sobre las flores, que eran el límite natural y había llegado últimamente hasta el camino de piedras que unía el cuarto de las herramientas con el patio propiamente dicho. Demasiado trabajo para nada, si total iban a volver a crecer, se decía, mientras se cobijaba en la hamaca. Su vida se había circunscripto a la cocina y a la galería, en una de esas esquinas se balanceaba entre sus redes. Los días giraban eternos en una calma morosa. Ese verano fue distinto a otros, particularmente el mes de enero, con un promedio de treinta y cuatro grados durante el día y lluvias torrenciales por las noches. Días húmedos y asfixiantes, con un sol que danzaba entre las hojas de los árboles reverberando luminosidades. En la galería de tejas francesas y resguardado de los fuertes rayos solares, se mecía boca arriba, mirando sin ver en su vaga distracción a las arañas, ellas, entre sus propias urdimbres, lo miraban desde el techo. De uno de los bordes de la hamaca, sobresalía una de sus piernas que le servía para dar el primer envión, cuando tenía que buscar agua helada para su mate tereré y también para volver a tomar impulso y acunarse. Las tejas tenían una inscripción en francés que jamás pudo entender y números que no le quitaban el sueño, pero que sí los había soñado dando vueltas a su alrededor. Un par de pájaros revoloteaban en un baile de enamorados, de árbol en árbol. A los pies de la hamaca, el viejo perro no terminaba nunca de bostezar y de perseguir en su lomo una garrapata o alguna pulga, empecinadas en morder y torturarlo. El hombre y su perro estaban mimetizados, si uno se paraba, se levantaba el otro y cuando uno iba al baño, aprovechaba el otro para buscar la planta más cercana y alzar su pata izquierda, después, los dos volvían a acomodarse en una larga siesta eterna. El perro, como quien no quiere la cosa y, tal vez de aburrido, se ocupaba en mordisquear la ojota caída del pie de su amo y estaba tan atareado en destrozarla que se levantaba, gruñía y se movía, interrumpiendo la siesta. El hombre giró su cuerpo para ver qué hacía su amigo, el diario que dormía sobre su pecho cayó planeando sobre las baldosas rojas con olor a kerosén, el perro dejó de morder para contemplar su vuelo. Las letras de molde, las movía una pequeña brisa agobiante, bailotearon hasta acomodarse en el piso, desde las alturas de su hamaca, miró la escena sin pronunciar palabras. Veía aquello que había caído de sus manos como algo que se hubiese desplazado de sus dedos, de sus ojos, de su vida, a miles de kilómetros. Lo que pasaba en ese otro lugar era extremadamente lejano, fuera de su alcance. Las fotos y las palabras le parecían familiares, aunque no podía precisar si eran cosas suyas o habían ocurrido hace tanto tiempo que confundía las épocas y ayer era un lejano pasado de su presente sin futuro. Todo eso le había sucedido a otro y no a él. Estaba confundido, seguramente por tanto sol, tanta humedad, tanto tereré, tanta hamaca paraguaya. El perro mordió la hoja para saber si tenía algún sabor, pero las letras de molde son insípidas por más que digan: “Fabiana López triunfa en la televisión argentina” y al parecer, a Mercedes Negrete, el viejo diario amarillo, le importaba muy poco.
Víctor Troncoso.
Víctor Troncoso.
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