El camarín revuelto era tema de todos los días. Su temperamento flemático, impulsivo y volátil, le impedía tener las cosas en su lugar. La asistente personal ya había renunciado a guardar elementos desparramados, cuando intentaba poner orden, un cepillo volaba impetuoso y el grito estridente la ensordecía: ¡Dejame en paz!
Las sonrisas comprensivas de los que escuchaban, eran un coro silencioso de solidaridad para con la pobre mujer, que hacía años soportaba la histeria de la primera actriz.
Una noche, algo distinto pasó tras las puertas del camarín. Susurros y exclamaciones ahogadas reemplazaban al ruido cotidiano. El empresario, avisado por los demás actores de la rareza y no sin cierta impaciencia ante tanta liviandad, tocó a la puerta tímidamente al principio, luego con más energía y, al no responder a su llamado, la empujó vehemente, pero cedió sin resistencia alguna. La escena lo dejó asombrado por mucho tiempo y cada vez que la refería, miradas desconfiadas e irónicas le confirmaban que no creían en sus palabras.
El biombo, situado en una esquina del cuarto, aparecía tirado sobre el piso y en un perchero de pie, junto a chales y deshabillés, un radiante papagayo, vestido con el traje de la protagonista, miraba a su alrededor altanero. La asistente se había desplomado en una silla, completamente abatida. De la primera actriz, no quedaban rastros.
Cristina Scarlato
miércoles, 28 de mayo de 2008
DETRAS DE SU MIRADA
La sombra en la pared alargaba la noche. Tenues luces lejanas dibujaban claroscuros difusos en el frente del edificio. Fugazmente se deslizó por una abertura lateral, donde no se veía puerta alguna. La calle quedó desierta. En el interior, se iban perdiendo, entre muros vidriados, haces intermitentes de luz que ascendían presurosos a través de las escaleras. Al llegar al piso diez, la penumbra fue aumentando paulatinamente, hasta convertirse en un estallido fulgurante que volvió día la calle principal.
Cuando la gente del pueblo salió para ver qué había sucedido, mezclado entre la multitud, un hombre de traje gris avanzaba quietamente. Una sonrisa torcida cruzaba su cara y en sus ojos un odio mortal brillaba embravecido.
Cristina Scarlato
Cuando la gente del pueblo salió para ver qué había sucedido, mezclado entre la multitud, un hombre de traje gris avanzaba quietamente. Una sonrisa torcida cruzaba su cara y en sus ojos un odio mortal brillaba embravecido.
Cristina Scarlato
sábado, 24 de mayo de 2008
La gata
Y cayó como el hombre prendido a su sueño.
ABELARDO CASTILLO
No sé si puedo a atreverme a escribir esto, es que no siempre se siente tan claro, ni todo es tan cierto como para contarlo y que sea interpretado de la misma manera. No es culpa de nadie pero ocurre, siempre ocurre, no todos sangran, ni a todos les es dado el privilegio de los sueños.
Viajábamos y me decías que iban a estar esperándonos en la Villa, te juro que no entendía el cómo ni dónde, pero cuando llegó un auto y nos llamó con su bocina, me dijiste muy suelta de cuerpo que era un enviado por los brujos de la Villa y yo lo miraba al hombre y él me miraba con ojos de espanto. Lo cierto es que te saludó, hablaron algo que no entendí y me diste la orden de que subiera en la parte trasera de la camioneta y eso fue lo que hice. Era una noche oscura, había muy pocas luces encendidas en el pueblo, fuera de temporada. (ahora las palabras saltan solas sobre el papel) porque yo no había pensado poner Gesell, porque dudaba si se escribía con una o dos eses, pero la palabra se acomodó sola, de un brinco y compuso sus caracteres sobre lo blanco de mi hoja, pero no era una noche blanca, me rondaban en la cabeza las ideas: de un refugio de nazis o de brujos, algo que era muy probable en la soledad de un pueblo sin asfalto y en invierno.
¿Me pareció a mí o el señor que nos recogió con su furgón era el hombre lobo? pero por las dudas, después que nos instaló en su garaje, le dije, —muy buenas noches— y él me volvió a mirar a los ojos, sin contestarme.
Fuese como fuese y haya ocurrido antes o después, esa noche yo esperaba que en algún momento pudiera abrazarte tiernamente y copular en la conjunción de Saturno, pero vos te refugiaste en pequeños juegos mágicos de encender velas con tu poder mental y las muy tontas hacían lo que vos querías y se aburrieron de prenderse y apagarse sólo al dictado de tus ganas. Cuando se te ocurrió, me acariciaste.
Estaba conciente y caminaba entre nubes y extendía mis manos y mis dedos se humedecían con las gotas de mar en los cielos del espíritu y recorría a dos mil metros de altura una quebrada, un valle, en tinieblas, por eso no me llamó la atención que tu cuerpo tuviese ese olor tan especial y tan fuerte, mientras transitaba tu constelación de Andrómeda y bajaba por la cordillera de tu espalda y me enredaba en los retorcidos bucles dorados de tu monte de venus, tus labios rosados, brillantes, húmedos, (Lucy, brillabas en el cielo con diamantes), con tus sueños irreversiblemente puros, de sudar al calor de un hogar de quebrachos ardientes.
En el pinar estaban tocando música clásica y miles de duendes y hadas vivían de fiesta en fiesta, hasta que llegamos nosotros y dejaron de danzar y se quedaron callados, mirándonos, Gaspar nos reconoció enseguida y vino a nuestro encuentro con los brazos extendidos y nos abrió la puerta para salir a jugar. Y aprovechaste para desenrollar tu largo vestido de puntillas y tules, siempre fuiste un personaje, recuerdo habértelo dicho, cuando te colocaba una flor en tu pelo, mientras girabas hasta caer sobre tus pies, embebida de cielos. Yo vestía de verde, la verdad no se porqué, pero estaba completamente verdecido, reverdecido, iluminado.
Pero no quiero olvidarme que les estoy contando esto, creyendo que todavía escuchan con atención, pensarán, seguramente, ¿y?, perdonen, yo también lo pienso, mas no puedo dejar de decirlo, porque los hechos duraron minutos o años, no lo puedo descifrar, sucedieron, posiblemente, en una noche como ésta.
No se lo que me pasa, o lo intuyo y no quiero darme cuenta, había una vez una princesa revestida de soles, con poderes extraordinarios (regalo de seres estelares) que hablaba de otros cielos habitados por criaturas luminosas, que convivían con nosotros los humanos en un mismo plano de existencia, sólo por un pequeño tiempo, por una breve jugarreta del destino.
Ocurrieron cosas increíbles, navegábamos por toboganes de agua de colores, bebíamos vida, danzábamos entre las estrellas, y una lluvia de meteoritos a nuestro alrededor, viajando a cientos de miles de kilómetros (si pudieran medirse).
Estábamos contemplando las brasas y yo tenía los ojos duros de mirar sin ver y rojos por el humo de los leños, (porque no nos habíamos movido ni un centímetro). No recuerdo cuándo me quedé dormido. Soñaba plácidamente, estaba pleno y feliz.
Nos llamaron para avisarnos que ya era casi el mediodía.
Te busqué y no estabas a mi lado.
Ya no estaba, ni yo con ella y, pensándolo bien, ni recuerdo su nombre.
A mis pies, ronroneaba una gata de angora blanca.
Y nos tuvimos que ir hacia la playa y me acompañaste hasta la puerta (y te quedaste en el umbral lavándote la cara con la pata derecha y me dijiste creo que miau , un miauuu largo), se cerró el portón y me fui solo, arrastrando los pies llenos de arena. Yo tenía un morral en bandolera y busqué en el fondo algo para ponerme en la boca, porque recién en ese momento sentí hambre y sed y desesperación.
Lo supe porque lo supe, ya no pertenecías a esta raza humana, esa noche bajaron de los cielos una escalera o te trepaste hasta la última rama del árbol mágico y te iluminaste.
Y como la lluvia moja mi cara en esta madrugada, cuando camino de vuelta a casa, así me sorprendiste con tus juegos de niña caprichosa, pero hay algo que nadie podrá borrar de mi memoria: me acariciaste, dulcemente, me acariciaste, muy dulce, la mente.
Pasaron muchas temporadas desde aquel Gesell.
Nunca localicé de vuelta aquella calle, ni la casa, ni a la Gata. Volví varias veces al “Bar o Bar” busqué entre las montañas de cáscaras el poema que la preanunciaba, que me había escrito el Negro Julio cuando actuaba en “Hair”, pero lo único que encontré fue un cementerio de burgueses consumiendo historia, la vida de los otros, la apariencia de una mezcla mal cortada., pero esa es otra punta de un ovillo todavía sin hilar.
Víctor Troncoso
ABELARDO CASTILLO
No sé si puedo a atreverme a escribir esto, es que no siempre se siente tan claro, ni todo es tan cierto como para contarlo y que sea interpretado de la misma manera. No es culpa de nadie pero ocurre, siempre ocurre, no todos sangran, ni a todos les es dado el privilegio de los sueños.
Viajábamos y me decías que iban a estar esperándonos en la Villa, te juro que no entendía el cómo ni dónde, pero cuando llegó un auto y nos llamó con su bocina, me dijiste muy suelta de cuerpo que era un enviado por los brujos de la Villa y yo lo miraba al hombre y él me miraba con ojos de espanto. Lo cierto es que te saludó, hablaron algo que no entendí y me diste la orden de que subiera en la parte trasera de la camioneta y eso fue lo que hice. Era una noche oscura, había muy pocas luces encendidas en el pueblo, fuera de temporada. (ahora las palabras saltan solas sobre el papel) porque yo no había pensado poner Gesell, porque dudaba si se escribía con una o dos eses, pero la palabra se acomodó sola, de un brinco y compuso sus caracteres sobre lo blanco de mi hoja, pero no era una noche blanca, me rondaban en la cabeza las ideas: de un refugio de nazis o de brujos, algo que era muy probable en la soledad de un pueblo sin asfalto y en invierno.
¿Me pareció a mí o el señor que nos recogió con su furgón era el hombre lobo? pero por las dudas, después que nos instaló en su garaje, le dije, —muy buenas noches— y él me volvió a mirar a los ojos, sin contestarme.
Fuese como fuese y haya ocurrido antes o después, esa noche yo esperaba que en algún momento pudiera abrazarte tiernamente y copular en la conjunción de Saturno, pero vos te refugiaste en pequeños juegos mágicos de encender velas con tu poder mental y las muy tontas hacían lo que vos querías y se aburrieron de prenderse y apagarse sólo al dictado de tus ganas. Cuando se te ocurrió, me acariciaste.
Estaba conciente y caminaba entre nubes y extendía mis manos y mis dedos se humedecían con las gotas de mar en los cielos del espíritu y recorría a dos mil metros de altura una quebrada, un valle, en tinieblas, por eso no me llamó la atención que tu cuerpo tuviese ese olor tan especial y tan fuerte, mientras transitaba tu constelación de Andrómeda y bajaba por la cordillera de tu espalda y me enredaba en los retorcidos bucles dorados de tu monte de venus, tus labios rosados, brillantes, húmedos, (Lucy, brillabas en el cielo con diamantes), con tus sueños irreversiblemente puros, de sudar al calor de un hogar de quebrachos ardientes.
En el pinar estaban tocando música clásica y miles de duendes y hadas vivían de fiesta en fiesta, hasta que llegamos nosotros y dejaron de danzar y se quedaron callados, mirándonos, Gaspar nos reconoció enseguida y vino a nuestro encuentro con los brazos extendidos y nos abrió la puerta para salir a jugar. Y aprovechaste para desenrollar tu largo vestido de puntillas y tules, siempre fuiste un personaje, recuerdo habértelo dicho, cuando te colocaba una flor en tu pelo, mientras girabas hasta caer sobre tus pies, embebida de cielos. Yo vestía de verde, la verdad no se porqué, pero estaba completamente verdecido, reverdecido, iluminado.
Pero no quiero olvidarme que les estoy contando esto, creyendo que todavía escuchan con atención, pensarán, seguramente, ¿y?, perdonen, yo también lo pienso, mas no puedo dejar de decirlo, porque los hechos duraron minutos o años, no lo puedo descifrar, sucedieron, posiblemente, en una noche como ésta.
No se lo que me pasa, o lo intuyo y no quiero darme cuenta, había una vez una princesa revestida de soles, con poderes extraordinarios (regalo de seres estelares) que hablaba de otros cielos habitados por criaturas luminosas, que convivían con nosotros los humanos en un mismo plano de existencia, sólo por un pequeño tiempo, por una breve jugarreta del destino.
Ocurrieron cosas increíbles, navegábamos por toboganes de agua de colores, bebíamos vida, danzábamos entre las estrellas, y una lluvia de meteoritos a nuestro alrededor, viajando a cientos de miles de kilómetros (si pudieran medirse).
Estábamos contemplando las brasas y yo tenía los ojos duros de mirar sin ver y rojos por el humo de los leños, (porque no nos habíamos movido ni un centímetro). No recuerdo cuándo me quedé dormido. Soñaba plácidamente, estaba pleno y feliz.
Nos llamaron para avisarnos que ya era casi el mediodía.
Te busqué y no estabas a mi lado.
Ya no estaba, ni yo con ella y, pensándolo bien, ni recuerdo su nombre.
A mis pies, ronroneaba una gata de angora blanca.
Y nos tuvimos que ir hacia la playa y me acompañaste hasta la puerta (y te quedaste en el umbral lavándote la cara con la pata derecha y me dijiste creo que miau , un miauuu largo), se cerró el portón y me fui solo, arrastrando los pies llenos de arena. Yo tenía un morral en bandolera y busqué en el fondo algo para ponerme en la boca, porque recién en ese momento sentí hambre y sed y desesperación.
Lo supe porque lo supe, ya no pertenecías a esta raza humana, esa noche bajaron de los cielos una escalera o te trepaste hasta la última rama del árbol mágico y te iluminaste.
Y como la lluvia moja mi cara en esta madrugada, cuando camino de vuelta a casa, así me sorprendiste con tus juegos de niña caprichosa, pero hay algo que nadie podrá borrar de mi memoria: me acariciaste, dulcemente, me acariciaste, muy dulce, la mente.
Pasaron muchas temporadas desde aquel Gesell.
Nunca localicé de vuelta aquella calle, ni la casa, ni a la Gata. Volví varias veces al “Bar o Bar” busqué entre las montañas de cáscaras el poema que la preanunciaba, que me había escrito el Negro Julio cuando actuaba en “Hair”, pero lo único que encontré fue un cementerio de burgueses consumiendo historia, la vida de los otros, la apariencia de una mezcla mal cortada., pero esa es otra punta de un ovillo todavía sin hilar.
Víctor Troncoso
Caminos Obvios
“Toda la noche estuve dando vueltas en la cama, creí al principio que era algo que había comido, pero las nauseas me salían del alma. Estaba insegura, muchas veces me propuse cosas difíciles y las logré, pero esto que sentía no era nuevo, era producto de un gran estrés, pensé, y recurrí a dos pastillas para dormir”.
Cerró la puerta de acero con doble llave, después la de rejas, y antes de bajar los tres escalones que la separaban de la acera activó la alarma. En la calle la esperaba su auto, el chofer la saludó amablemente, hicieron dos cuadras y doblaron en la esquina de Los Jilgueros y Las Torcazas, para salir del country “Bellas Flores” de Tortuguitas.
Pedro le dio un beso a su mujer que estaba remoloneando antes de levantar a los chicos para llevarlos al colegio; cerró la puerta de su casa y caminó seis cuadras. Siempre ponía mucha atención al cruzar la colectora, en esa zona los autos circulaban a gran velocidad y no se detenían nunca por miedo a los asaltos; llegó a la parada del colectivo y saludó entre dientes y por compromiso a varios conocidos que esperaban el micro. Después de viajar más de una hora parado, pudo sentarse. Estaba entrando a la capital, todavía tendría unos veinte minutos hasta el centro y aprovechó para dormirse.
La señora de Bugartín apenas subió al auto, llamó desde su celular a la secretaria para ultimar detalles de la agenda del día de hoy, pospuso un encuentro con la firma Monsorte que revestían piletas de natación para otro día y pidió que anulen la cita con una amiga, esposa de un alto ejecutivo de una empresa extranjera, corrió la entrevista con el gerente de la firma para media hora más tarde y suspendió todas las citas y compromisos de la jornada, dejó en blanco varias horas, para ella, personales.
“Mientras fui chico siempre creí que era feliz con mis juguetes, con el amor de mis padres. Para llegar a nuestra habitación, en la casa de mi abuela, había que subir la escalera que daba a la terraza, era nuestro refugio. Jugaba con autitos de plástico, mis primos los armaban con una cucharita y masilla para darles peso y que no volcaran, siempre me ganaban porque eran más listos y más grandes. Era en verano, por el sol, miraba a las personas a la cara y pensaba, las veía correr al lado mío atendiéndome y pensaba...¿qué les voy a dejar a mis hijos ahora que me estoy muriendo por un infarto de pecho?”.
Se despertó sobresaltado, en cinco minutos escasos había visto ¿o soñado? toda una vida , lo que hacía, dónde se movía, quién era. Miraba angustiado por la ventanilla: el Bajo Porteño, Paseo Colón, la avenida Córdoba, los altos rascacielos, tenía la espalda contracturada trató de estirarse, de despabilarse, estaba llegando a su destino.
Como muchas mañanas, le informaron del desarrollo de la empresa, los recaudos a tomar ante los rumores de desabastecimiento, el aumento de precios, la caída de la Bolsa, la suba del Petróleo, las perspectivas de ganancias anuales, la diversificación de sus inversiones, los informes del estado de los proyectos y las medidas de reducción de gastos y de personal. Para sorpresa de sus gerentes, los oía pero no les prestaba atención. Finalizó la reunión agradeciéndoles y los despidió sin tomar ninguna determinación ni responder inquietudes. Atónitos, dejaron el despacho para continuar cada quién con su tarea.
El capataz de Pedro parecía que no había tenido una buena noche o algún entripado le destrozaba los nervios, porque estaba con un día de perros y antes de que hubiesen empezado a trabajar ya sacaba espuma por la boca.
—Va a ser un día difícil—pensó Pedro, acostumbrado a soportar humores ajenos. Trató de desaparecer de la vista del capataz, desde muy chico jugaba a que tenía el poder del hombre invisible, pero cuando escuchó.—Pedro, venga a mi oficina— sintió un escalofrío que le nació en la nuca y repercutió en su estómago con un retorcijón típico, como cuando la señorita Marta le decía: —pase al frente y dígame la lección. Bajó la cabeza y caminó pensativo. El capataz lo llamó desde el interior de la oficina y él entró.
“El mundo no cambia en un día, ni por unas horas perdidas, pero yo sí, lo necesito. Hoy es el día que esperé en años, ya no puedo más y antes de que explote mal, que haga alguna barbaridad irreparable, que me vean débil y frágil, mejor me voy para siempre”.
Cuando dejó su despacho se cruzó con su secretaria quién necesitaba una respuesta para finalizar una de las tareas asignadas y ella sin detenerse, le dijo —después querida—Tomó el ascensor que la llevaba directamente a las cocheras. Contrariamente a las costumbres quiso ser quien manejase, dejó chofer y personal de seguridad en el playón, salió buscando la avenida y se perdió por la Costanera. Hacía muchísimos años que había dejado de manejar.
—Buen día— dijo y esperó que su jefe asintiera con la cabeza, avanzó un par de pasos y se acomodó lo mejor que pudo en una silla de plástico negra. —Como usted sabrá, estamos atrasados en el desarrollo de la obra y según me informaron, últimamente no vemos en su trabajo la contracción y el cuidado que sabía ponerle a lo que se le encomendaba, por lo tanto pensaron que lo mejor sería prescindir de sus servicios, pero yo me opuse personalmente a esa disposición y sacando la cara por usted, Pedro, ya que lo conozco desde hace tiempo, logré que le den una nueva oportunidad: un traslado a la sucursal de Campana. Espero que no defraude mi amistad—. La noticia le cayó como un balde de agua fría, calculó rápidamente que tendría más gastos de traslado, más horas de viaje, más tiempo fuera de su hogar, pensó en sus hijos, en su esposa, se mordía los labios para no contestar, agradeció la confianza recibida y salió aceptando todo lo que le había dicho, sintiéndose un perfecto idiota.
La Panamericana estaba relativamente liviana hacia Pilar, a esa hora el tráfico iba en sentido contrario. Dejó el auto a un valet y entró en el Sheraton. Le dieron una habitación con vista a la pileta y las canchas de tenis, pidió una botella de champagne y una masajista, se bañó y relajada por los masajes o por la bebida durmió una siesta, después pidió al conserje una maquilladora, una peinadora y una manicura; al anochecer, vistió de largo, con un vestido negro, muy elegante, que había adquirido en París y mirándose absorta, largamente, en el espejo—estás divina— se dijo, pero ni sus ojos, ni la sonrisa pintada en su boca le creyeron. En la cartera de raso y lentejuelas bordadas a mano, guardó una pistola veintidós corta, niquelada, con cachas de nácar blancas.
Mientras volvía a su casa, Pedro se imaginó mintiéndole a su mujer, explicándole las ventajas del traslado, la amabilidad del capataz, el ascenso y la confianza depositada en él. Miraba con ojos lánguidos un paisaje desolado, el de su alma, se imaginó saliendo de su casa a las cuatro de la mañana para volver de noche, cuando sus hijos estarían cenando o ya dormidos. Quizás todo resulte para bien y el cambio me favorezca, quizás nuevos compañeros un poco más humanos y no la raza de víboras traidoras que había conocido. Se observó en el reflejo del vidrio de la ventanilla del colectivo y se sintió un infeliz, un pobre fracasado, uno más del montón de los descartables de hoy, se tuvo asco, —si pudiese me emborracharía —se dijo— hasta olvidarme.
A las nueve en punto, la señora de Bugartín bajó al salón comedor, un camarero le acomodó la silla, ella agradeció sonriendo y cenó sola.
Cuando Pedro llegó, sus hijos se le colgaron del cuello, a los besos.
Víctor Troncoso
Cerró la puerta de acero con doble llave, después la de rejas, y antes de bajar los tres escalones que la separaban de la acera activó la alarma. En la calle la esperaba su auto, el chofer la saludó amablemente, hicieron dos cuadras y doblaron en la esquina de Los Jilgueros y Las Torcazas, para salir del country “Bellas Flores” de Tortuguitas.
Pedro le dio un beso a su mujer que estaba remoloneando antes de levantar a los chicos para llevarlos al colegio; cerró la puerta de su casa y caminó seis cuadras. Siempre ponía mucha atención al cruzar la colectora, en esa zona los autos circulaban a gran velocidad y no se detenían nunca por miedo a los asaltos; llegó a la parada del colectivo y saludó entre dientes y por compromiso a varios conocidos que esperaban el micro. Después de viajar más de una hora parado, pudo sentarse. Estaba entrando a la capital, todavía tendría unos veinte minutos hasta el centro y aprovechó para dormirse.
La señora de Bugartín apenas subió al auto, llamó desde su celular a la secretaria para ultimar detalles de la agenda del día de hoy, pospuso un encuentro con la firma Monsorte que revestían piletas de natación para otro día y pidió que anulen la cita con una amiga, esposa de un alto ejecutivo de una empresa extranjera, corrió la entrevista con el gerente de la firma para media hora más tarde y suspendió todas las citas y compromisos de la jornada, dejó en blanco varias horas, para ella, personales.
“Mientras fui chico siempre creí que era feliz con mis juguetes, con el amor de mis padres. Para llegar a nuestra habitación, en la casa de mi abuela, había que subir la escalera que daba a la terraza, era nuestro refugio. Jugaba con autitos de plástico, mis primos los armaban con una cucharita y masilla para darles peso y que no volcaran, siempre me ganaban porque eran más listos y más grandes. Era en verano, por el sol, miraba a las personas a la cara y pensaba, las veía correr al lado mío atendiéndome y pensaba...¿qué les voy a dejar a mis hijos ahora que me estoy muriendo por un infarto de pecho?”.
Se despertó sobresaltado, en cinco minutos escasos había visto ¿o soñado? toda una vida , lo que hacía, dónde se movía, quién era. Miraba angustiado por la ventanilla: el Bajo Porteño, Paseo Colón, la avenida Córdoba, los altos rascacielos, tenía la espalda contracturada trató de estirarse, de despabilarse, estaba llegando a su destino.
Como muchas mañanas, le informaron del desarrollo de la empresa, los recaudos a tomar ante los rumores de desabastecimiento, el aumento de precios, la caída de la Bolsa, la suba del Petróleo, las perspectivas de ganancias anuales, la diversificación de sus inversiones, los informes del estado de los proyectos y las medidas de reducción de gastos y de personal. Para sorpresa de sus gerentes, los oía pero no les prestaba atención. Finalizó la reunión agradeciéndoles y los despidió sin tomar ninguna determinación ni responder inquietudes. Atónitos, dejaron el despacho para continuar cada quién con su tarea.
El capataz de Pedro parecía que no había tenido una buena noche o algún entripado le destrozaba los nervios, porque estaba con un día de perros y antes de que hubiesen empezado a trabajar ya sacaba espuma por la boca.
—Va a ser un día difícil—pensó Pedro, acostumbrado a soportar humores ajenos. Trató de desaparecer de la vista del capataz, desde muy chico jugaba a que tenía el poder del hombre invisible, pero cuando escuchó.—Pedro, venga a mi oficina— sintió un escalofrío que le nació en la nuca y repercutió en su estómago con un retorcijón típico, como cuando la señorita Marta le decía: —pase al frente y dígame la lección. Bajó la cabeza y caminó pensativo. El capataz lo llamó desde el interior de la oficina y él entró.
“El mundo no cambia en un día, ni por unas horas perdidas, pero yo sí, lo necesito. Hoy es el día que esperé en años, ya no puedo más y antes de que explote mal, que haga alguna barbaridad irreparable, que me vean débil y frágil, mejor me voy para siempre”.
Cuando dejó su despacho se cruzó con su secretaria quién necesitaba una respuesta para finalizar una de las tareas asignadas y ella sin detenerse, le dijo —después querida—Tomó el ascensor que la llevaba directamente a las cocheras. Contrariamente a las costumbres quiso ser quien manejase, dejó chofer y personal de seguridad en el playón, salió buscando la avenida y se perdió por la Costanera. Hacía muchísimos años que había dejado de manejar.
—Buen día— dijo y esperó que su jefe asintiera con la cabeza, avanzó un par de pasos y se acomodó lo mejor que pudo en una silla de plástico negra. —Como usted sabrá, estamos atrasados en el desarrollo de la obra y según me informaron, últimamente no vemos en su trabajo la contracción y el cuidado que sabía ponerle a lo que se le encomendaba, por lo tanto pensaron que lo mejor sería prescindir de sus servicios, pero yo me opuse personalmente a esa disposición y sacando la cara por usted, Pedro, ya que lo conozco desde hace tiempo, logré que le den una nueva oportunidad: un traslado a la sucursal de Campana. Espero que no defraude mi amistad—. La noticia le cayó como un balde de agua fría, calculó rápidamente que tendría más gastos de traslado, más horas de viaje, más tiempo fuera de su hogar, pensó en sus hijos, en su esposa, se mordía los labios para no contestar, agradeció la confianza recibida y salió aceptando todo lo que le había dicho, sintiéndose un perfecto idiota.
La Panamericana estaba relativamente liviana hacia Pilar, a esa hora el tráfico iba en sentido contrario. Dejó el auto a un valet y entró en el Sheraton. Le dieron una habitación con vista a la pileta y las canchas de tenis, pidió una botella de champagne y una masajista, se bañó y relajada por los masajes o por la bebida durmió una siesta, después pidió al conserje una maquilladora, una peinadora y una manicura; al anochecer, vistió de largo, con un vestido negro, muy elegante, que había adquirido en París y mirándose absorta, largamente, en el espejo—estás divina— se dijo, pero ni sus ojos, ni la sonrisa pintada en su boca le creyeron. En la cartera de raso y lentejuelas bordadas a mano, guardó una pistola veintidós corta, niquelada, con cachas de nácar blancas.
Mientras volvía a su casa, Pedro se imaginó mintiéndole a su mujer, explicándole las ventajas del traslado, la amabilidad del capataz, el ascenso y la confianza depositada en él. Miraba con ojos lánguidos un paisaje desolado, el de su alma, se imaginó saliendo de su casa a las cuatro de la mañana para volver de noche, cuando sus hijos estarían cenando o ya dormidos. Quizás todo resulte para bien y el cambio me favorezca, quizás nuevos compañeros un poco más humanos y no la raza de víboras traidoras que había conocido. Se observó en el reflejo del vidrio de la ventanilla del colectivo y se sintió un infeliz, un pobre fracasado, uno más del montón de los descartables de hoy, se tuvo asco, —si pudiese me emborracharía —se dijo— hasta olvidarme.
A las nueve en punto, la señora de Bugartín bajó al salón comedor, un camarero le acomodó la silla, ella agradeció sonriendo y cenó sola.
Cuando Pedro llegó, sus hijos se le colgaron del cuello, a los besos.
Víctor Troncoso
El punto
El punto (.) separa unidades autónomas
Cuando puso el punto final levantó los ojos al cielo, como aquel jugador agradeciendo a los dioses del Parnaso por el golazo de su vida, seguramente, mañana, su foto estaría en las portadas de todos los diarios del país y con un poco de suerte, en las revistas del exterior, su brazo alzado, su boca sonriendo, su salto al espacio de las estrellas consagradas.
Está para editar—se dijo— e inmediatamente le envió un mail a su correctora preferida, la escritora Scarlato; desde que era un ignoto principiante lo había ayudado y enseñado el duro oficio de la corrección. Se paró para estirar las piernas, llevaba frente a su computadora más de doce horas, preparó un café (había perdido la cuenta de cuantos había tomado), miró sin ver por la ventana pensando en el nuevo compromiso de edición y diseño de tapa, la firma del contrato, la presentación y sin darse cuenta, estaba calculando los sándwiches triples de miga o los fosforitos salados acompañados por un buen vino, que debería tener en su honor.
La Cucullu podría leer un cuento—pensó, mientras Camilo diseñaría una presentación en Power Point con fotos ilustrativas y animaría musicalmente, con algunos de sus amigos la velada. Los chicos podrían ser los mozos, Carolina estaría en la recepción, además de las fotos, cientos de fotos como para llenar varios álbum de recuerdos. Faty supervisando que todo estuviera correcto, sucediendo en el horario preestablecido. La lista de invitados sería un problema a resolver, debería mezclar (como en un casamiento) gente que jamás se vio la cara ni sospechaba de su existencia: desde autoridades eclesiales, a viejos amigos hippies, poetas, músicos, escritores, a parientes y amigos; calculó, a ojo de buen cubero, que concurrirían más de cincuenta personas, sabiendo que varios de los invitados se excusarían por el día o la hora o la distancia, tendría que regalar muchos libros ya que muy pocos querrían pagar una primera obra artesanal de un escritor novel.
Recién entonces, pudo realmente mirar por la ventana desde donde había terminado de soñar despierto, algo estaba sucediendo de una manera anormal, demasiado silencio para una noche tan hermosa, no había ni un solo auto circulando, no se escuchaba ningún ruido, sólo un leve viento soplaba imperceptible dejando caer sobre la calle, los árboles, los techos, una débil lluvia de cenizas. Recordó a su tía Pochi: sobre su casa, algunas tardes caían desde el cementerio de la Chacarita. Ella entraba la ropa que tenía tendida en el patio, cerraba puertas y ventanas mientras escuchaba la novela en la radio. Aquello era muy similar, prestó atención: nada se movía; en un impulso irrefrenable, sintiendo una voz interior, se vistió con lo primero que encontró, calzó los viejos borceguíes y una gorra con orejeras y salió corriendo de su casa.
Cuando llegó a la avenida tuvo la confirmación de lo que había sospechado, no había nadie, la ciudad estaba desierta, caminó sin rumbo, hasta que llegó a una librería. Su libro estaba en la vidriera principal, sobre el lomo, una leyenda “Vendidos 1.000.000 de ejemplares”, entró desesperado y tomó uno de la pila, no lo podía creer, su libro editado y encabezando la lista de los más vendidos en el país, es increíble —se dijo—tenía en sus manos los sueños de su vida, las anécdotas, los sufrimientos, las alegrías, las horas de insomnio, la condena de la lucha con el papel en blanco, con la hoja dura, fría y terrible, que le producía temblores y dolores de estómago. Y abrió la primera hoja, y su primera hoja tenía... sólo un punto... un punto autónomo.... un punto solo.
Salió corriendo, las cenizas inundaban la ciudad, los autos estaban cubiertos de una fina capa de muerte.
Víctor Troncoso
Cuando puso el punto final levantó los ojos al cielo, como aquel jugador agradeciendo a los dioses del Parnaso por el golazo de su vida, seguramente, mañana, su foto estaría en las portadas de todos los diarios del país y con un poco de suerte, en las revistas del exterior, su brazo alzado, su boca sonriendo, su salto al espacio de las estrellas consagradas.
Está para editar—se dijo— e inmediatamente le envió un mail a su correctora preferida, la escritora Scarlato; desde que era un ignoto principiante lo había ayudado y enseñado el duro oficio de la corrección. Se paró para estirar las piernas, llevaba frente a su computadora más de doce horas, preparó un café (había perdido la cuenta de cuantos había tomado), miró sin ver por la ventana pensando en el nuevo compromiso de edición y diseño de tapa, la firma del contrato, la presentación y sin darse cuenta, estaba calculando los sándwiches triples de miga o los fosforitos salados acompañados por un buen vino, que debería tener en su honor.
La Cucullu podría leer un cuento—pensó, mientras Camilo diseñaría una presentación en Power Point con fotos ilustrativas y animaría musicalmente, con algunos de sus amigos la velada. Los chicos podrían ser los mozos, Carolina estaría en la recepción, además de las fotos, cientos de fotos como para llenar varios álbum de recuerdos. Faty supervisando que todo estuviera correcto, sucediendo en el horario preestablecido. La lista de invitados sería un problema a resolver, debería mezclar (como en un casamiento) gente que jamás se vio la cara ni sospechaba de su existencia: desde autoridades eclesiales, a viejos amigos hippies, poetas, músicos, escritores, a parientes y amigos; calculó, a ojo de buen cubero, que concurrirían más de cincuenta personas, sabiendo que varios de los invitados se excusarían por el día o la hora o la distancia, tendría que regalar muchos libros ya que muy pocos querrían pagar una primera obra artesanal de un escritor novel.
Recién entonces, pudo realmente mirar por la ventana desde donde había terminado de soñar despierto, algo estaba sucediendo de una manera anormal, demasiado silencio para una noche tan hermosa, no había ni un solo auto circulando, no se escuchaba ningún ruido, sólo un leve viento soplaba imperceptible dejando caer sobre la calle, los árboles, los techos, una débil lluvia de cenizas. Recordó a su tía Pochi: sobre su casa, algunas tardes caían desde el cementerio de la Chacarita. Ella entraba la ropa que tenía tendida en el patio, cerraba puertas y ventanas mientras escuchaba la novela en la radio. Aquello era muy similar, prestó atención: nada se movía; en un impulso irrefrenable, sintiendo una voz interior, se vistió con lo primero que encontró, calzó los viejos borceguíes y una gorra con orejeras y salió corriendo de su casa.
Cuando llegó a la avenida tuvo la confirmación de lo que había sospechado, no había nadie, la ciudad estaba desierta, caminó sin rumbo, hasta que llegó a una librería. Su libro estaba en la vidriera principal, sobre el lomo, una leyenda “Vendidos 1.000.000 de ejemplares”, entró desesperado y tomó uno de la pila, no lo podía creer, su libro editado y encabezando la lista de los más vendidos en el país, es increíble —se dijo—tenía en sus manos los sueños de su vida, las anécdotas, los sufrimientos, las alegrías, las horas de insomnio, la condena de la lucha con el papel en blanco, con la hoja dura, fría y terrible, que le producía temblores y dolores de estómago. Y abrió la primera hoja, y su primera hoja tenía... sólo un punto... un punto autónomo.... un punto solo.
Salió corriendo, las cenizas inundaban la ciudad, los autos estaban cubiertos de una fina capa de muerte.
Víctor Troncoso
Una hoja en otoño
Una hoja en otoño
Me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez.
JAN CARLOS ONETTI
Supe del fuego antes que el fuego mismo. Estaba sobrevolando mi casa y vi las llamas rojas-naranjas sobre los techos a dos cuadras de mi cuarto, la columna de humo invadía el vecindario y fue entonces que llegaron los bomberos haciendo sonar su peculiar sirena. Recién ahí tuve conciencia de la tragedia, pero ¿cómo iba a explicarte que lo acababa de ver desde más arriba que el techo de mi casa antes de que pasase? En una simultaneidad que no dejaba de asombrarme, pero te juro que yo lo vi estando aún en la cama con los ojos cerrados, tratando de despertarme, antes que te fueras al colegio con tus alumnos.
Cuando miré los ojos de Antonio y miró para el costado, pensé —este me cagó— y muy poco tiempo después me enteré que realmente le leí la mente o intuí que me sonreía y por atrás me la estaba dando con suma delicadeza, con su sonrisa de dientes blancos y cuidados, a pesar de su investidura.
Sabés una cosa, pequeña niña de ojos de miel, ya todo no me parece tan raro, al contrario, creo que sigo siendo un cándido o un boludo o un volado. Estar adivinando el próximo paso es inmoral. Que yo te pare y te diga a boca de jarro, mirá, la cosa es sencilla, pero no me mientas, (aún sabiendo que vas a terminar haciéndolo) pero no porque seas una guacha de mierda, sino porque las cartas del mazo que nos tocó barajar están acomodadas así y el paso que viene dentro de la danza es que un día circunstancialmente te vayas y no vuelvas esa noche y a los dos días me entere que no querías verme destrozado. Quedate tranquila, ya lo sabía, no me preguntés desde cuándo, ya lo sabía. Lo que no conozco es el día ni la hora exacta, pero sí el hecho, te vi llenando un bolso azul de Air France, te vi en Ezeiza partiendo sola y me alegré por vos, por la hermosa vida que vas a tener y porque te lo deseo de todo corazón.
Please look at me y tratá de entenderme, my love.
Pasé un período de oscuridad, encerrado entre cuatro paredes, sentado noche y día frente a un televisor al que no podía dejar de ver, desconecté el teléfono, anulé la ventana que daba al sudeste, a la otra le puse diarios, viejos de meses, tostados por el sol.
Hace rato, cuando estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez, cayó una pesaba venda que cubría mis ojos.
De repente, pude darme cuenta de todo, tomé una larga bocanada de aire, inflé los pulmones, tomé carrera y me lancé, como te lo había prometido tanta veces, por la ventana.
Sé que cuando te enteres vas a ir a misa y harás, a tu manera, una pequeña oración por mi eterno descanso y te lo agradezco, pero por favor no quisiera verte vestida de negro, ponete la chalina hindú de arabescos violetas que te regalé. Y sonreí, que sos muy linda para guardar una lágrima de miel. ¿no ves que estoy volando sobre los techos de mi barrio, como una hoja de otoño?
Víctor Troncoso
Me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez.
JAN CARLOS ONETTI
Supe del fuego antes que el fuego mismo. Estaba sobrevolando mi casa y vi las llamas rojas-naranjas sobre los techos a dos cuadras de mi cuarto, la columna de humo invadía el vecindario y fue entonces que llegaron los bomberos haciendo sonar su peculiar sirena. Recién ahí tuve conciencia de la tragedia, pero ¿cómo iba a explicarte que lo acababa de ver desde más arriba que el techo de mi casa antes de que pasase? En una simultaneidad que no dejaba de asombrarme, pero te juro que yo lo vi estando aún en la cama con los ojos cerrados, tratando de despertarme, antes que te fueras al colegio con tus alumnos.
Cuando miré los ojos de Antonio y miró para el costado, pensé —este me cagó— y muy poco tiempo después me enteré que realmente le leí la mente o intuí que me sonreía y por atrás me la estaba dando con suma delicadeza, con su sonrisa de dientes blancos y cuidados, a pesar de su investidura.
Sabés una cosa, pequeña niña de ojos de miel, ya todo no me parece tan raro, al contrario, creo que sigo siendo un cándido o un boludo o un volado. Estar adivinando el próximo paso es inmoral. Que yo te pare y te diga a boca de jarro, mirá, la cosa es sencilla, pero no me mientas, (aún sabiendo que vas a terminar haciéndolo) pero no porque seas una guacha de mierda, sino porque las cartas del mazo que nos tocó barajar están acomodadas así y el paso que viene dentro de la danza es que un día circunstancialmente te vayas y no vuelvas esa noche y a los dos días me entere que no querías verme destrozado. Quedate tranquila, ya lo sabía, no me preguntés desde cuándo, ya lo sabía. Lo que no conozco es el día ni la hora exacta, pero sí el hecho, te vi llenando un bolso azul de Air France, te vi en Ezeiza partiendo sola y me alegré por vos, por la hermosa vida que vas a tener y porque te lo deseo de todo corazón.
Please look at me y tratá de entenderme, my love.
Pasé un período de oscuridad, encerrado entre cuatro paredes, sentado noche y día frente a un televisor al que no podía dejar de ver, desconecté el teléfono, anulé la ventana que daba al sudeste, a la otra le puse diarios, viejos de meses, tostados por el sol.
Hace rato, cuando estaba paseando por el cuarto y se me ocurrió de golpe que lo veía por primera vez, cayó una pesaba venda que cubría mis ojos.
De repente, pude darme cuenta de todo, tomé una larga bocanada de aire, inflé los pulmones, tomé carrera y me lancé, como te lo había prometido tanta veces, por la ventana.
Sé que cuando te enteres vas a ir a misa y harás, a tu manera, una pequeña oración por mi eterno descanso y te lo agradezco, pero por favor no quisiera verte vestida de negro, ponete la chalina hindú de arabescos violetas que te regalé. Y sonreí, que sos muy linda para guardar una lágrima de miel. ¿no ves que estoy volando sobre los techos de mi barrio, como una hoja de otoño?
Víctor Troncoso
El camino del Tigre
No pensar en nada salvo en la brasa del cigarrillo que colgaba oblicuo de sus labios entreabiertos.
JUAN JOSÉ SAER
La puerta se cerró detrás de él con fuerza, caminó un par de pasos y dobló su cuello para mirar, por las dudas. El barrio permanecía en silencio. Luego se alejó con la certeza de que lo había hecho como Dios manda. Hay cosas que no se pueden perdonar así porque sí. Bajó dos cuadras por La Rioja y se paró en Brasil a esperar el colectivo. Sentía las manos sucias, olió sus dedos, se acomodó lo mejor que pudo el saco, la camisa puesta dentro del pantalón, la bragueta cerrada y como a esa hora estaba fresco se levantó un poco las solapas. La estación de servicio de la esquina era lo único que tenía cierta vida propia, lo demás todavía no había despertado.
Decime la verdad, le había dicho, ella permaneció acurrucada en la esquina de la cama contra la pared, buscando defenderse de la cachetada que seguro partiría detrás de esa catarata de insultos, de esos ojos perdidos por el odio de sentirse un macho humillado. Vendrían seguramente, las preguntas que no podría responder (para no empeorar la situación), las comparaciones odiosas, el pase de facturas, la angustia de sentirse fuerte y débil a la vez, porque lo hecho fue por amor, equivocada o no, pero por amor.
¿Sabés cuanto hace que no me pasa nada con vos? Te creés que sos el dueño de mi vida porque venís a mi cama cada vez que te dejo, estás loco pibe, te adueñaste de mí y no tiene nada que ver, yo soy yo y de mi vida hago lo que quiero o ¿tenemos un contrato escrito y firmado donde dice que yo soy tuya?, lo pensó, estuvo a punto de gritárselo en la cara, pero se quedó callada. Manoteó como pudo un cigarro, quería escaparse con el humo que subía hacia la ventana.
De la cabecera de la línea seis, el primero salía a las cuatro, todavía tenía unos quince minutos de aguante en la esquina, enseguida aparecerían los trabajadores que van temprano al centro: mozos de bares, personal de limpieza de oficinas, vendedores callejeros. Sería bueno tomarme un café, pensó, lo estoy necesitando, se dijo, convenciéndose a si mismo de que todo estaba normal, pero no, no podía quedarse quieto, estaba temblando, miraba a cada rato hacia la otra cuadra tratando de adivinar la llegada del puntero, que ya tendría que haber salido de Soldati y estaría por Pompeya a unas quince cuadras, para colmo de males se había quedado sin un cigarrillo, sin un puto cigarro. Las luces amarillas y la neblina cerrada enmarcaban un día de mierda.
Ella prefería tener los ojos bien abiertos, esquivar la mirada directa, pero no perderle pisadas, quería salir lo más ilesa posible. Él no dejaba de rodearla, de tirar cosas, de insultarla, de pedirle perdón y ante cualquier excitación volver con la misma cantinela una y otra vez, trepanándole el cerebro, convencido que era su mujer quien tenía toda la culpa pero ahora ella esperaba que terminase de una vez y se fuese, para poder cerrar la puerta con cuatro llaves o escaparse a los brazos de su vecina y amiga en busca de refugio. Trataba de aspirar su gouloise en silencio, sin moverse.
Estaba furioso, todo lo abría o cerraba con vehemencia, no quería pegarle pero tampoco podía dejar las cosas así, había algo más en juego que su corazón partido en mil pedazos, su hombría.
Comenzó a buscar en el cajón de abajo del placard un par de medias, una camiseta y alguna corbata que había ido dejando en la casa. Recordó el primer tomo de Cuentos Completos de Cortázar de la mesa de luz, el CD Mothership de Led Zeppelín y un paquete de chiclets adams sabor a menta, que creyó necesitar. Buscó del baño su cepillo de dientes y tiró todo, con bronca, en su mochila negra, se la cargó en el hombro izquierdo y cuando estaba por abrir la puerta ella le dijo que al libro lo habían comprado a medias, la miró con un odio que le broto de las entrañas y estrelló contra la pared de la cocina la mochila al grito de:¡ metételo en el culo!...
Buscó la cara, la enfocó como un perro salvaje de ojos rojos, la miró como nunca había mirado a nadie, todo su cuerpo sintió el impulso de impactar en la laringe, en el centro de su garganta, la mano acostumbrada a dibujar el camino del tigre en T´ai ch´i partió hacia el punto de fuego, describió un semicírculo, salió disparada como una ballesta que estuvo sujeta por los invisibles hilos del destino.
Doce minutos y el seis dobló por la esquina de la Cantina de Roberto, tomó Brasil y llegó bufando, con un par de cansados cuerpos de obreros mal dormidos. Hasta Corrientes y Callao, dijo entre dientes, y la máquina le entregó el boleto de un peso con la hora y el día en que ella salió de su vida.
Él prefirió no pensar en nada, salvo en la brasa ahora apagada para siempre.
Víctor Troncoso
JUAN JOSÉ SAER
La puerta se cerró detrás de él con fuerza, caminó un par de pasos y dobló su cuello para mirar, por las dudas. El barrio permanecía en silencio. Luego se alejó con la certeza de que lo había hecho como Dios manda. Hay cosas que no se pueden perdonar así porque sí. Bajó dos cuadras por La Rioja y se paró en Brasil a esperar el colectivo. Sentía las manos sucias, olió sus dedos, se acomodó lo mejor que pudo el saco, la camisa puesta dentro del pantalón, la bragueta cerrada y como a esa hora estaba fresco se levantó un poco las solapas. La estación de servicio de la esquina era lo único que tenía cierta vida propia, lo demás todavía no había despertado.
Decime la verdad, le había dicho, ella permaneció acurrucada en la esquina de la cama contra la pared, buscando defenderse de la cachetada que seguro partiría detrás de esa catarata de insultos, de esos ojos perdidos por el odio de sentirse un macho humillado. Vendrían seguramente, las preguntas que no podría responder (para no empeorar la situación), las comparaciones odiosas, el pase de facturas, la angustia de sentirse fuerte y débil a la vez, porque lo hecho fue por amor, equivocada o no, pero por amor.
¿Sabés cuanto hace que no me pasa nada con vos? Te creés que sos el dueño de mi vida porque venís a mi cama cada vez que te dejo, estás loco pibe, te adueñaste de mí y no tiene nada que ver, yo soy yo y de mi vida hago lo que quiero o ¿tenemos un contrato escrito y firmado donde dice que yo soy tuya?, lo pensó, estuvo a punto de gritárselo en la cara, pero se quedó callada. Manoteó como pudo un cigarro, quería escaparse con el humo que subía hacia la ventana.
De la cabecera de la línea seis, el primero salía a las cuatro, todavía tenía unos quince minutos de aguante en la esquina, enseguida aparecerían los trabajadores que van temprano al centro: mozos de bares, personal de limpieza de oficinas, vendedores callejeros. Sería bueno tomarme un café, pensó, lo estoy necesitando, se dijo, convenciéndose a si mismo de que todo estaba normal, pero no, no podía quedarse quieto, estaba temblando, miraba a cada rato hacia la otra cuadra tratando de adivinar la llegada del puntero, que ya tendría que haber salido de Soldati y estaría por Pompeya a unas quince cuadras, para colmo de males se había quedado sin un cigarrillo, sin un puto cigarro. Las luces amarillas y la neblina cerrada enmarcaban un día de mierda.
Ella prefería tener los ojos bien abiertos, esquivar la mirada directa, pero no perderle pisadas, quería salir lo más ilesa posible. Él no dejaba de rodearla, de tirar cosas, de insultarla, de pedirle perdón y ante cualquier excitación volver con la misma cantinela una y otra vez, trepanándole el cerebro, convencido que era su mujer quien tenía toda la culpa pero ahora ella esperaba que terminase de una vez y se fuese, para poder cerrar la puerta con cuatro llaves o escaparse a los brazos de su vecina y amiga en busca de refugio. Trataba de aspirar su gouloise en silencio, sin moverse.
Estaba furioso, todo lo abría o cerraba con vehemencia, no quería pegarle pero tampoco podía dejar las cosas así, había algo más en juego que su corazón partido en mil pedazos, su hombría.
Comenzó a buscar en el cajón de abajo del placard un par de medias, una camiseta y alguna corbata que había ido dejando en la casa. Recordó el primer tomo de Cuentos Completos de Cortázar de la mesa de luz, el CD Mothership de Led Zeppelín y un paquete de chiclets adams sabor a menta, que creyó necesitar. Buscó del baño su cepillo de dientes y tiró todo, con bronca, en su mochila negra, se la cargó en el hombro izquierdo y cuando estaba por abrir la puerta ella le dijo que al libro lo habían comprado a medias, la miró con un odio que le broto de las entrañas y estrelló contra la pared de la cocina la mochila al grito de:¡ metételo en el culo!...
Buscó la cara, la enfocó como un perro salvaje de ojos rojos, la miró como nunca había mirado a nadie, todo su cuerpo sintió el impulso de impactar en la laringe, en el centro de su garganta, la mano acostumbrada a dibujar el camino del tigre en T´ai ch´i partió hacia el punto de fuego, describió un semicírculo, salió disparada como una ballesta que estuvo sujeta por los invisibles hilos del destino.
Doce minutos y el seis dobló por la esquina de la Cantina de Roberto, tomó Brasil y llegó bufando, con un par de cansados cuerpos de obreros mal dormidos. Hasta Corrientes y Callao, dijo entre dientes, y la máquina le entregó el boleto de un peso con la hora y el día en que ella salió de su vida.
Él prefirió no pensar en nada, salvo en la brasa ahora apagada para siempre.
Víctor Troncoso
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