Barrio de Flores
(Gracias, César Llanos y Oscar Rovito).
En mi estómago los minutos parecían eternos, por el tono del profesor Trimarco y de cómo iba cerrando las ideas expuestas, sabía que el timbre de las cinco menos cuarto de la tarde finalizaba otro día de clases. Formábamos en el patio de menor a mayor, de sexto grado a primero inferior y de izquierda a derecha. Luego cantábamos frente a la bandera “Alta en el cielo un águila guerrera...”
—Hasta mañana, niños.
—Hasta mañana, señor director.
—Salíamos en perfecto orden respetando la formación y la disciplina escolar. Cuando traspasábamos la puerta éramos niños que en tropel volvíamos a nuestros hogares en medio de saludos, gritos y alboroto.
A partir de ese momento comenzaba una aceleración interna donde cada momento era muy importante, debía llegar a mi casa lo más rápido posible. Caminaba desde Varela y Directorio, cruzaba la Avenida Rivadavia con mucho cuidado, hasta Yerbal y Artigas. Cuando llegaba a casa revoleaba el portafolios de cuero marrón.
—Hola mamá.— ponía el guardapolvo sobre la cama. —Sí, me fue bien.— dejaba los zapatos en el botinero y me calzaba unas zapatillas blancas muy cómodas. —Después hago los deberes, son poquitos.— me sacaba la corbata, la camisa. —Prendé la radio, por favor, mami.—
Y me sentaba muy serio en el comedor diario, la mesa estaba cubierta con un mantel de hule a cuadros azules y blancos, mi madre ya tenía preparado un vaso de leche con cacao y comía algunas rodajas de pan con dulce casero de naranja. Detrás del flequillo que me caía sobre la frente entrecerraba los ojos y en la próxima hora no hablaba con nadie, era lo más importante de mi día.
Durante ese tiempo no se andaba en bicicleta, las chicas de la familia García no patinaban, las hijas del panadero no paseaban a su mascota, ningún chico quería salir a jugar. A unas pocas puertas de mi casa, vivía Elena, sus ventanas estaban siempre entreabiertas y las cortinas agitadas por el viento dejaban ver los suntuosos muebles finos, la mesa del comedor era de roble oscuro, haciendo juego tenían un tocadiscos y radio, los parlantes estaban forrados en tela ocre, los fines de semana escuchaban música clásica, su mamá era profesora de piano y muchos de las niñas del barrio estudiaban con ella, pero las clases comenzaban generalmente después de las dieciocho, puntualmente a esa hora salía con sus rubias trenzas a la vereda. Nuestros padres estaban trabajando y muy pocos volvían temprano a su casa, por lo tanto no estaban enterados de lo que estaba sucediendo.
Todas las tardes ocurría un milagro, ninguno de los chicos queríamos salir de nuestras casas. Algunas de las madres aprovechaban la paz reinante para lavar o preparar la ropa que deberíamos usar al otro día, otras nos acompañaban en silencio. La apacible vida de Flores se veía afectada de manera singular.
Los tambores retumbaban en la sala y se perdían por la ventana. El barrio entero se poblaba de animales exóticos, desde una casa se podían escuchar el grito de Chita y los aullidos de los monos, en otra el rugido del león, en la más lejana bramidos de elefantes.
Los gigantescos árboles se balanceaban peligrosamente e inundaban de sonidos extraños trayendo voces de pueblos lejanos; danzas de hombres con caras pintadas en rojo sangre o de puntos blancos y negros dibujados en las fuertes espaldas de los nativos del lugar, rumores de civilizaciones perdidas. Ríos de pirañas y combates permanente por la supervivencia. Había olor a peligro, Tantor bramaba. Por algún genio malhadado estábamos todos a punto de perecer cayéndonos a un lago infectado de cocodrilos. Una tribu enemiga irrumpía con torvas intenciones, los malos se complotaban haciendo mil embrollos y trapisondas.
Pero el sonido de la salvación llegaba partiendo del mismo corazón de la selva, rebotaba en los pulmones, amplios y generosos, y resonaba en una garganta privilegiada que unía a la fauna, la flora y a los hombres buenos del lugar en un gesto de libertad, la oscuridad se disipaba, las huestes del mal se rendían y de árbol a árbol, volando por los cielos de la selva, para salvarnos, llegaba Tarzán.
Víctor Troncoso
jueves, 21 de febrero de 2008
viernes, 8 de febrero de 2008
CUIDAR DETALLES
Miro el entorno donde me senté a escribir y me reconozco, no en este tiempo, sino cuando recién lo habitaba, muchos años atrás. En ese entonces la cocina era mi favorita y acá pasaba gran parte del día. Hoy todo cambió, cada rincón tiene su encanto, ando como un gato paseando mi osamenta por todos los ambientes, plena dueña de mi casa, y cuido los detalles de cada lugar.
Cuidar los detalles para mí, no significa sacar lustre. Eso se lo dejo a los vanidosos. Encontré la razón perfecta para no exigirme la excelencia, la vanidad y el brillo van de la mano y no tengo nada que ver con ninguno de los dos. Cuidar los detalles es dotarlos de calidez, el polvo que se pueda acumular sobre los libros de la biblioteca pertenece a otro orden al que soy ajena. Y digo, el polvo forma parte de la naturaleza y la naturaleza me fascina. Recorrer lugares, encontrar un pino enmarcado en un fondo de agua de río. O caminar a la orilla del mar temprano en la mañana mirando el horizonte brillante de sol.
Digamos que lo que más me cuesta es cuidar los detalles en las relaciones con las personas, sobre todo porque también despenden del humor de los otros, pero con buena voluntad y tolerancia se puede lograr, cuidando los detalles.
Cristina Scarlato
Abril de 2005.
Cuidar los detalles para mí, no significa sacar lustre. Eso se lo dejo a los vanidosos. Encontré la razón perfecta para no exigirme la excelencia, la vanidad y el brillo van de la mano y no tengo nada que ver con ninguno de los dos. Cuidar los detalles es dotarlos de calidez, el polvo que se pueda acumular sobre los libros de la biblioteca pertenece a otro orden al que soy ajena. Y digo, el polvo forma parte de la naturaleza y la naturaleza me fascina. Recorrer lugares, encontrar un pino enmarcado en un fondo de agua de río. O caminar a la orilla del mar temprano en la mañana mirando el horizonte brillante de sol.
Digamos que lo que más me cuesta es cuidar los detalles en las relaciones con las personas, sobre todo porque también despenden del humor de los otros, pero con buena voluntad y tolerancia se puede lograr, cuidando los detalles.
Cristina Scarlato
Abril de 2005.
viernes, 1 de febrero de 2008
Madrugada de miércoles, se despierta. Un ligero olor a muerto le sube por la nariz. Acaba de soñar con un choque. Un auto rojo y otro gris con chapa terminada en dos. Escuchó los gritos, el golpe seco, el ruido de los vidrios. Con sus ojos cerrados pudo ver como los cuerpos eran mordidos por las llamas después de la explosión.
Se levanta aún cuando le tiemblan las piernas, enciende un cigarrillo en la oscuridad, una transpiración helada lo recorre. Trata de recordar alguna seña particular, un nombre dicho, un apellido en el carnet de conducir caído, pero nada.
Sale al balcón a respirar frío —está casi desnudo—, en el camino bebe lo que encuentra en la cocina. Fue un sueño, sólo un sueño, se repite, mientras lo afirma la cabeza. No se vuelve a dormir, aunque se acuesta.
Debería ir por ayuda, lo sabe, pero al último psicólogo lo dejó hablando solo ¿Qué podía saber ese niño de veinte años sobre la proximidad de la muerte? Con el psiquiatra se entendía mejor, pero odiaba mantener dependencia con cuatro pildoritas. Así como se tacha la doble en la generala, tachó al psiquiatra de su vida. Pero hace días que sabe que necesita anestesia. Mira hacia arriba , parece que el techo va a aplastarlo. La niñita del choque abrazaba una muñeca. Amanece. Las tibias lágrimas le mojan el cuello, caen sin límites, es en vano intentar limpiarlas.
Quiere permanecer digno, pero no aguanta, busca un abrazo dónde aferrarse, no lo encuentra. Quizás mañana busque, de entre todas se detendrá en la menos piadosa, elegirá la peor. Necesita caricias y, a la vez, lastimarse.
Miente, es un gran mentiroso, sonríe, canta, compra alpiste, riega las plantas. Habla de la esperanza. Hace planes....
Se junta con sus amigos. Ante todos mantiene la mirada oblicua para que no lo encuentren.
Vuelve a su casa, se mira desnudo en el espejo, se ve viejo, indeseable. Escribe.
—Salvajes. Demoledores, tus textos son demoledores, flaco, me arruinan el día. —Dijo su amigo Carlos, mientras bebía una cerveza caliente en una pizzería pobre de la avenida Rivadavia.
Es sábado al mediodía y en la televisión muestran con lujo de detalles el choque entre un auto rojo y otro gris, con chapa terminada en dos, ocurrido hace una hora en la ruta. Dos familias calcinadas. Él desde la silla mira el televisor, apura el sorbo, saca dos billetes del pantalón, saluda a su amigo con un gesto en silencio, otra vez no pudo hacer nada.
Trata de cansarse para desmayarse en las sábanas, pero sueña, le llueven certezas, lástima que nunca pudo afinar esa sintonía con la quiniela.
Deja de ver a sus amigos, está demasiado vulnerable, se le nota. Corre el cuerpo, de todos lados, dice que tiene mucho trabajo.
Todo lo lastima. Actúa como cuando era niño y su padre levantaba la mano, él corría el cuerpo, anticipando el choque de su cara con la bofetada. Conocer de memoria los acontecimientos lo hicieron algo sabio.
Pasan los días, no duerme, no come, se queda mirando el aire. No entiende por qué ve lo invisible. No entiende por qué siente tan hondo. Le duele estar solo.
Carlos llama por teléfono, él no contesta.
Cansado de no encontrarlo, Carlos pasa por el trabajo.
—Estás flaco, ojeroso, ¿estás escribiendo?
—No, ya no escribo más.
Miente, escribe, puntualmente. Hay días en los que se siente valiente, toma coraje, revisa su bolso y lee sus cuentos, nunca ha podido pasar de la segunda hoja.
María
Se levanta aún cuando le tiemblan las piernas, enciende un cigarrillo en la oscuridad, una transpiración helada lo recorre. Trata de recordar alguna seña particular, un nombre dicho, un apellido en el carnet de conducir caído, pero nada.
Sale al balcón a respirar frío —está casi desnudo—, en el camino bebe lo que encuentra en la cocina. Fue un sueño, sólo un sueño, se repite, mientras lo afirma la cabeza. No se vuelve a dormir, aunque se acuesta.
Debería ir por ayuda, lo sabe, pero al último psicólogo lo dejó hablando solo ¿Qué podía saber ese niño de veinte años sobre la proximidad de la muerte? Con el psiquiatra se entendía mejor, pero odiaba mantener dependencia con cuatro pildoritas. Así como se tacha la doble en la generala, tachó al psiquiatra de su vida. Pero hace días que sabe que necesita anestesia. Mira hacia arriba , parece que el techo va a aplastarlo. La niñita del choque abrazaba una muñeca. Amanece. Las tibias lágrimas le mojan el cuello, caen sin límites, es en vano intentar limpiarlas.
Quiere permanecer digno, pero no aguanta, busca un abrazo dónde aferrarse, no lo encuentra. Quizás mañana busque, de entre todas se detendrá en la menos piadosa, elegirá la peor. Necesita caricias y, a la vez, lastimarse.
Miente, es un gran mentiroso, sonríe, canta, compra alpiste, riega las plantas. Habla de la esperanza. Hace planes....
Se junta con sus amigos. Ante todos mantiene la mirada oblicua para que no lo encuentren.
Vuelve a su casa, se mira desnudo en el espejo, se ve viejo, indeseable. Escribe.
—Salvajes. Demoledores, tus textos son demoledores, flaco, me arruinan el día. —Dijo su amigo Carlos, mientras bebía una cerveza caliente en una pizzería pobre de la avenida Rivadavia.
Es sábado al mediodía y en la televisión muestran con lujo de detalles el choque entre un auto rojo y otro gris, con chapa terminada en dos, ocurrido hace una hora en la ruta. Dos familias calcinadas. Él desde la silla mira el televisor, apura el sorbo, saca dos billetes del pantalón, saluda a su amigo con un gesto en silencio, otra vez no pudo hacer nada.
Trata de cansarse para desmayarse en las sábanas, pero sueña, le llueven certezas, lástima que nunca pudo afinar esa sintonía con la quiniela.
Deja de ver a sus amigos, está demasiado vulnerable, se le nota. Corre el cuerpo, de todos lados, dice que tiene mucho trabajo.
Todo lo lastima. Actúa como cuando era niño y su padre levantaba la mano, él corría el cuerpo, anticipando el choque de su cara con la bofetada. Conocer de memoria los acontecimientos lo hicieron algo sabio.
Pasan los días, no duerme, no come, se queda mirando el aire. No entiende por qué ve lo invisible. No entiende por qué siente tan hondo. Le duele estar solo.
Carlos llama por teléfono, él no contesta.
Cansado de no encontrarlo, Carlos pasa por el trabajo.
—Estás flaco, ojeroso, ¿estás escribiendo?
—No, ya no escribo más.
Miente, escribe, puntualmente. Hay días en los que se siente valiente, toma coraje, revisa su bolso y lee sus cuentos, nunca ha podido pasar de la segunda hoja.
María
miércoles, 30 de enero de 2008
Penetró la bruma de mis ojos
incomprensiblemente aliada del camino
este camino que debo comenzar a conocer
plagado con dragones invisibles
y mares de voces
revoloteantes gaviotas del dolor
no sé por donde seguir
tal vez una leve brisa sea mi sendero
entre suaves sauces y palabras que de a poco nacen
y hoy
con tanto por dar me quedé vacío
vacío de aromas
vacío de sales
vacío del vacío mismo
duermo
sobre la arena que se adhiere a mi cuerpo
y absolutamente nadie logra despegar
tus palabras
aliento del infierno
suenan muy lejanas
tal vez entre los dos haremos un nuevo bosque
pero lo dudo
somos dos gotas de agua que no crecen
entonces para qué orar por la tristeza
si ella
como sombra aliada de las almas
permanece inalterable en mi mano desgastada.
Roberto Tarela
10-2007
incomprensiblemente aliada del camino
este camino que debo comenzar a conocer
plagado con dragones invisibles
y mares de voces
revoloteantes gaviotas del dolor
no sé por donde seguir
tal vez una leve brisa sea mi sendero
entre suaves sauces y palabras que de a poco nacen
y hoy
con tanto por dar me quedé vacío
vacío de aromas
vacío de sales
vacío del vacío mismo
duermo
sobre la arena que se adhiere a mi cuerpo
y absolutamente nadie logra despegar
tus palabras
aliento del infierno
suenan muy lejanas
tal vez entre los dos haremos un nuevo bosque
pero lo dudo
somos dos gotas de agua que no crecen
entonces para qué orar por la tristeza
si ella
como sombra aliada de las almas
permanece inalterable en mi mano desgastada.
Roberto Tarela
10-2007
Ella asoma su veneno
en el desierto entre lágrimas de fina arena
serpiente
buscadora del placer
imagen olvidada
sobre la sombra del camello
encuentras
oasis extraviados en los cuentos
sonidos misteriosos
el viento penetrando en mis recuerdos
los espanta
los aleja
y desaparezco
me hundo en la inmensidad de lo inalcanzable
palabras
sólo mi lengua acaricia
tu respiración
tu supervivencia
tu calor.
Roberto Tarela
12-2007
en el desierto entre lágrimas de fina arena
serpiente
buscadora del placer
imagen olvidada
sobre la sombra del camello
encuentras
oasis extraviados en los cuentos
sonidos misteriosos
el viento penetrando en mis recuerdos
los espanta
los aleja
y desaparezco
me hundo en la inmensidad de lo inalcanzable
palabras
sólo mi lengua acaricia
tu respiración
tu supervivencia
tu calor.
Roberto Tarela
12-2007
domingo, 27 de enero de 2008
Rápido. El tren no se detiene, los pasajeros esperan en el andén. El tren toca bocina, no se detiene, atraviesa el viento, la ciudad. El maquinista obedece una orden,- la palanca de frenos se empacó-
La Estación Villa Luro se ve dorada, el sol choca contra la chapa, ahora parecen dos soles. Dos soles iluminados por un tren que pasa, un tren que no se detiene.
El hombre del traje se queja, maldice en voz alta, promete que llegará hasta hablar con las autoridades, la chica de rojo sabe que llegará tarde; que otra vez llegará tarde, aunque se levantó temprano, aunque apenas desayunó. Tarde dirá el reloj. Tarde dirá su jefe en la ficha-nuevamente ha perdido el premio de puntualidad-. Otro maldito tren se ha llevado cincuenta pesos. Papel picado hecho de un billete de cincuenta pesos cae sobre un tren que no para, sobre un vestido rojo de jersey pobre que también tiene ganas de llorar y todo porque una palanca se empaca, como algunas mujeres que dicen “No”, porque ahorita no se les canta, y entonces aunque el maquinista la roce, y hasta la desarme en sus manos a la "señorita palanca” se le ocurre no hacer nada. Puede que esté deprimida o que hoy dijo: “ hoy quiero hacer nada”. Al maquinista le importa un pito la palanca, la gente del andén, los dos soles, él tendrá que quedarse doble turno y si no es esta máquina será otra, y, a decir verdad, le da lo mismo todas las vías, todas las máquinas, todos los pasajeros, hasta todos los suicidas que se tiran bajo el tren.
¿Y si la palanca se levanta sanguinaria? ¿ Y si no quiere responder la señal de detención, para terminar de una vez por todas, con todos los suicidas juntos y los que en el futuro alguna vez pensarán zambullirse bajo el vientre de acero de la máquina? Tal vez quiera sentir el vértigo de correr, sin sentir el ruido que hacen cuerpos a punto de morir bajo sus garras, saber, por fin, que no tendrá que detenerse y esperar que llegue la policía, los bomberos, la ambulancia, otra formación que se lleve a todos los pasajeros. Quizás hoy el tren sea más salvaje, que lo único que quiere es correr, correr, correr sin detenerse. Correr, rápido...
María otoño/07
La Estación Villa Luro se ve dorada, el sol choca contra la chapa, ahora parecen dos soles. Dos soles iluminados por un tren que pasa, un tren que no se detiene.
El hombre del traje se queja, maldice en voz alta, promete que llegará hasta hablar con las autoridades, la chica de rojo sabe que llegará tarde; que otra vez llegará tarde, aunque se levantó temprano, aunque apenas desayunó. Tarde dirá el reloj. Tarde dirá su jefe en la ficha-nuevamente ha perdido el premio de puntualidad-. Otro maldito tren se ha llevado cincuenta pesos. Papel picado hecho de un billete de cincuenta pesos cae sobre un tren que no para, sobre un vestido rojo de jersey pobre que también tiene ganas de llorar y todo porque una palanca se empaca, como algunas mujeres que dicen “No”, porque ahorita no se les canta, y entonces aunque el maquinista la roce, y hasta la desarme en sus manos a la "señorita palanca” se le ocurre no hacer nada. Puede que esté deprimida o que hoy dijo: “ hoy quiero hacer nada”. Al maquinista le importa un pito la palanca, la gente del andén, los dos soles, él tendrá que quedarse doble turno y si no es esta máquina será otra, y, a decir verdad, le da lo mismo todas las vías, todas las máquinas, todos los pasajeros, hasta todos los suicidas que se tiran bajo el tren.
¿Y si la palanca se levanta sanguinaria? ¿ Y si no quiere responder la señal de detención, para terminar de una vez por todas, con todos los suicidas juntos y los que en el futuro alguna vez pensarán zambullirse bajo el vientre de acero de la máquina? Tal vez quiera sentir el vértigo de correr, sin sentir el ruido que hacen cuerpos a punto de morir bajo sus garras, saber, por fin, que no tendrá que detenerse y esperar que llegue la policía, los bomberos, la ambulancia, otra formación que se lleve a todos los pasajeros. Quizás hoy el tren sea más salvaje, que lo único que quiere es correr, correr, correr sin detenerse. Correr, rápido...
María otoño/07
Me colocaron cerca de la ventana, desde aquí veo los árboles: Un tilo dibujado como por un plumín y tinta china; un jacarandá luciendo sus costillas flacas, bañadas en sol y frio; en uno de sus brazos hay tres gorriones que hablan al mismo tiempo, comentan la nieve de julio y la fuga de la paloma.
En el edificio de enfrente una mujer en silla de ruedas, contempla el infinito en un punto, está ciega o enamorada.
Aquí, el gato tiene sus ojos puestos en mí, no comprende la causa de que su almuerzo esté rodeado de plantas que se despeinan bajo el agua como piernas de medusa.
El helecho bebe de un plato, prefiere la soledad del ermitaño. Desperezarse a su antojo, escribir su verso verde como una soga sin broches tendido a la luz. Su antecesor, calvo, pálido, con las uñas amarillas, no exhaló más dióxido de carbono, lo declararon muerto, creo que se atragantó de tanta palabra no dicha.
A veces observo con claridad, otras lágrimas transforman todo en sombras borrosas que se acercan, se van o ignoro. En un espejo me he visto, soy rojo, todo rojo con iris dorados y pupilas como lunas negras. Tengo alas que no vuelan, ¿tendría adónde? Voy y vengo en este pequeño ataúd transparente sin sellar, al que llaman pecera. Hubiera preferido el mar, el río, un lago, hasta un estanque, pero no, amanecí en este pequeño bowl. Tengo agallas ¿sirven?
Voy y vengo, pero nunca al mismo lugar, estoy buscando un mapa, olvidé mis valijas y la cruz del sur. Mi nariz toca el piso, reflexiono. Subo a la superficie, pienso. De la nada a la cima, me desangro. Desde la superficie hasta el fondo, se alimenta mi existencia. Llevo mis ojos a los pies de una mosca color violín que cruza el aire, me doy cuenta de que extrañaré la lluvia.
Amanecí así, cuando me acosté deseé ser sordomudo, quise desenmarañar, desmenuzar esta cuerda que se me enreda en el cuello, pero en el más absoluto silencio. Ahora estoy aquí con branquias, respirando agua sin morir.
Un pájaro me desvela, en realidad ya no duermo, no sueño, voy y vengo, sólo eso.
María invierno/07
En el edificio de enfrente una mujer en silla de ruedas, contempla el infinito en un punto, está ciega o enamorada.
Aquí, el gato tiene sus ojos puestos en mí, no comprende la causa de que su almuerzo esté rodeado de plantas que se despeinan bajo el agua como piernas de medusa.
El helecho bebe de un plato, prefiere la soledad del ermitaño. Desperezarse a su antojo, escribir su verso verde como una soga sin broches tendido a la luz. Su antecesor, calvo, pálido, con las uñas amarillas, no exhaló más dióxido de carbono, lo declararon muerto, creo que se atragantó de tanta palabra no dicha.
A veces observo con claridad, otras lágrimas transforman todo en sombras borrosas que se acercan, se van o ignoro. En un espejo me he visto, soy rojo, todo rojo con iris dorados y pupilas como lunas negras. Tengo alas que no vuelan, ¿tendría adónde? Voy y vengo en este pequeño ataúd transparente sin sellar, al que llaman pecera. Hubiera preferido el mar, el río, un lago, hasta un estanque, pero no, amanecí en este pequeño bowl. Tengo agallas ¿sirven?
Voy y vengo, pero nunca al mismo lugar, estoy buscando un mapa, olvidé mis valijas y la cruz del sur. Mi nariz toca el piso, reflexiono. Subo a la superficie, pienso. De la nada a la cima, me desangro. Desde la superficie hasta el fondo, se alimenta mi existencia. Llevo mis ojos a los pies de una mosca color violín que cruza el aire, me doy cuenta de que extrañaré la lluvia.
Amanecí así, cuando me acosté deseé ser sordomudo, quise desenmarañar, desmenuzar esta cuerda que se me enreda en el cuello, pero en el más absoluto silencio. Ahora estoy aquí con branquias, respirando agua sin morir.
Un pájaro me desvela, en realidad ya no duermo, no sueño, voy y vengo, sólo eso.
María invierno/07
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