El Hombre
“Y en tu simple magia de malvón quedó mi corazón de pibe que ayer fui”.
Marta Pizzo
El hombre dejó de leer, cerró el libro, desmontó sus anteojos, buscó con su mano derecha una pequeña franela que acostumbraba llevar en el estuche y, mientras repasaba sus lentes, su mirada se perdió en la ventana del recuerdo. Desde que era un niño, había aprendido un par de trucos, uno era respirar profundamente y creer que estaba en otro lugar, un sitio lleno de palmeras y gente feliz al lado del mar, el mar suave y tranquilo al atardecer, pero esta vez, por más que lo intentara, no había dado resultado. El otro truco, era mucho más difícil; tenía que visualizar la ingestión de un líquido azul mientras respiraba, como cuando era un bebé y que, mágicamente, lo transformaba en invisible; nadie lo podía ver ni escuchar, él tampoco los quería escuchar.
Cerró profundamente los ojos, pero nada... los volvió a abrir, fue en busca de un vaso refrescante de agua, el café siempre le dejaba la boca pegajosa y un gusto pastoso, el paso del líquido frío fue un placer para su garganta y le sirvió de sosiego para su alma, sus ojos se humedecieron de nostalgia; los viejos malvones, le perfumaron la memoria.
—Albertito, mi amor, andá a llamar a papá, decile que venga rápido.
—¿A dónde, mamá?
—Al bar de al lado, está con los amigos.
—No va a querer venir, ma.
—Vas y le avisás que la comida está servida.
—Se va a enojar mucho.
—Vos hacés lo que yo te digo.
—Bueno, voy total...
—¿Total qué...?
—Magnesiano, mamá.
En el barrio de Flores, Yerbal 2536 era algo más que una pequeña puerta al lado de la Galería, y por ahí transitaba la vida misma. Un largo pasillo, conectaba a los habitantes de los cinco departamentos con la calle. Rosa, era la vecina del departamento “A”, la más antigua de la vivienda. Frente a su puerta y contra la pared, tres macetones de boca ancha, de unos sesenta centímetros de alto, con cuatro patas y pintados en franjas rojas y blancas (como la camiseta de Estudiantes de La Plata), colmados de malvones en flor, perfumaban toda la casa.
Albertito, salió disparado de su departamento como una flecha, durante su carrera, calculó la cantidad de mosaicos blancos y negros que debería saltar, la abertura de pierna y la altura, de acuerdo a una exacta suma de factores de riesgo; la vecina, en cada picada y frenada, se llevaba el “Jesús” a la boca y temía y temblaba, por sus amados malvones. Para él, era, mucho más complicado; detenerse justo sobre una baldosa, clavar los talones, flexionar las rodillas, milímetros antes de tropezar o reventarse la cara contra la puerta. Era un chico muy ágil, que sorteaba los obstáculos con solvencia. El problema, mucho más grave, era Jorge, su papá.
Una pequeña lámpara de cuarenta voltios, iluminaba precariamente el pasillo, pero para Jorge, era como un faro en medio de la oscuridad de un mar embravecido, su mar. Cuando llegaba, temblando, estiraba los brazos y tocaba las paredes, el reducido tamaño del pasillo le ayudaba a guiarse, en medio de sus alucinaciones. Debía sortear primero los malvones. Malvones benditos con agua de la parroquia, que Rosa, todos los días, rociaba contra la envidia de los vecinos.
Rosa escuchaba desde su cuarto, en más de una oportunidad, ante el menor tropezón o choque de Jorge, un aluvión de maldiciones y puteadas que, por lo general, la involucraban directamente. A la mañana siguiente, palita en mano, salía a emprolijar los desastres ocurridos, juntar la tierra del suelo y observar resignada algunos de sus tesoros, desflorado. Rosa los sufría en carne propia, le dolían a ella sus heridas, el mal trato, la violación. Jorge, ni se enteraba.
En el verano, la luna iluminaba el zaguán, los vecinos dejaban las puertas abiertas, para que la casa respirara el aire fresco de la noche y compartían los olores propios, comida, música, la vida misma.
—¿Vio qué gente rara, anoche, en el “C”?
—Yo, por las dudas, cerré la puerta, con la cadena de seguridad, aunque de vez en cuando la abría por el aire, vio...
—Le guardé una porción de torta del cumpleaños.
—¡Bajá la música, Antonio, me tenés podrido con tanta cumbia, papá!
El pasillo agitaba su vida en las grandes festividades, como la de Año Nuevo. Los vecinos abandonaban sus sillas y se acercaban a saludar, levantando las copas y deseando que los sueños se convirtieran en realidad.
Jorge, era el primero en salir de su mesa y llamar a los vecinos al brindis colectivo y también el último, el de más aguante; horas después seguía, buscando quién lo acompañara a celebrar, como un condenado a muerte, en su último día.
—Es un borracho perdido, pero con los del edificio es tan correcto, decía su esposa.
—Es un pesado—murmuraban, a sus espaldas, los vecinos.
La normalidad de esa familia, cambió totalmente, cuando Albertito tenía trece años. Su mamá, abnegada y silenciosa, cansada tal vez de tantas vergüenzas y promesas incumplidas, de tantas privaciones soportadas en el silencio de su almohada, se dejó morir calladamente.
Jorge, que hasta ese día había sido un libertino desconsiderado, por obra de la desgracia, entendió que su Marta había sido el amor de su vida y que nada tenía sentido; se abandonó a la bebida, tratando de calmar su sed de dromedario.
Y se fue ahogando, sin saciar jamás su locura.
Albertito se convirtió en Alberto, estudió abnegadamente y, con el paso de la vida, fue un responsable padre de familia, un profesional irreprochable, un amante esposo y un padre amoroso, tierno y comprensivo.
Después de años de terapia, comprendió que hay personas enfermas que creen aferrarse a una tabla de salvación y terminan hundiéndose en la ignominia, que su padre había vivido, toda su vida, como un payaso, que nunca había aprendido a hacer reír, a quien todos deploraban. Y que murió, en una tarde aciaga, dando lástima, bajo las ruedas de un colectivo.
Alberto volvió a abrir los ojos, a mirar por la ventana, a ver aún, la sombra de su padre perdonado.
El recuerdo de los malvones en flor, le hicieron dibujar una sonrisa, sin lástima, sin reproches, volvió a calzarse los anteojos, abrió el libro que había cerrado y releyó:
"El hombre apareció un mediodía sin saber cómo y por dónde. Fue visto en todos los boliches de IRIRARONI, bebiendo como no se había visto a nadie....."
Otra vez, se le humedecieron los ojos.
Víctor Troncoso.
sábado, 15 de noviembre de 2008
jueves, 13 de noviembre de 2008
Cerrado
CERRADO
El sábado por la tarde, tenía sed. Aprovechando que sacaba a pasear a mi perro, me acerqué al kiosco de la otra cuadra, pero ante mi sorpresa, estaba cerrado. Pensé que, por el intenso calor, el dueño habría decretado su día libre o tal vez, como yo, hubiera salido en busca de un árbol frondoso, con buena sombra, en el parque del barrio. Me fui acercando, mi perro tironeaba, sabedor del camino a su libertad, sus ganas de pisar tierra, olfatear pasto, encontrase con otros caninos. Pasé volando, el cartel en grandes letras rojas decía CERRADO, eso lo entendí bien, abajo en letras azules tenía otra leyenda que no alcancé a leer, lo haría a la vuelta.
Recordé a Federico García Lorca y a su libro “Poeta en Nueva York”, donde describió lo que ocurría en tiempos del caos financiero del 29. Lorca dijo, en una conferencia, refiriéndose a su libro:”Yo tuve la suerte de ver por mis ojos, el último crack en que se perdieron varios billones de dólares, un verdadero tumulto de dinero muerto que se precipitaba al mar, y jamás, entre varios suicidas, gente histéricas y grupos desmayados, he sentido la impresión de la muerte real, la muerte sin esperanza, la muerte que es podredumbre y nada más, donde las ambulancias se llevaban a los suicidas con las manos llenas de anillos”. El kiosco de la esquina cerró. Seguramente es otro cierre, de los tantos que podemos llegar a ver, de pequeños comerciantes, cuando sus vecinos se quedan sin trabajo y no pueden pagar sus cuentas, ni alimentar los pequeños vicios de un pobre: una gaseosa, una cerveza helada, cigarrillos o caramelos para los pibes. Cuando la crisis financiera afecta a los poderosos, los que menos tienen, aquellos que son prescindibles, Se convierten en el eslabón más débil de la cadena que se rompe y eso es lo que ya empezó a pasar. Por lo menos, ya se ven las pequeñas señales, aunque se silencie en los medios de información o el aparato político no quiera hablar de ello. Algo está pasando.
Caminar por el parque, me sirve para observar y también para reflexionar, aprovechando la oportunidad de pararme sobre la tierra, mirar el cielo, tomar fuerzas. Mañana, vendrá otro día, con sus problemas a resolver, sus locuras propias, sus exigencias, con la realidad que se me cae en la cabeza, antes aún de sacar mi cuerpo dormido de entre las sábanas y llevarlo a la ducha. La televisión, me hablará de los grandes y poderosos, que hicieron inversiones en bonos de papel pintado, en pedacitos de ilusiones de colores.
Lo cierto es, que el pobre quiosquero cerró, bajó las cortinas, puso un cartel escrito a mano con un marcador de trazo grueso, rojo, para que todo el barrio sepa que se fue. ¿Habrá vuelto a Perú? Ahora que lo pienso mejor y trato de acordarme de su cara, de los gestos del viernes, cuando le compré un paquete de pastillas, de esas que te enfrían la boca y uno se ve obligado a hacer ahhhhh, y a pensar que eso es refrescante, cuando me miró y me digo ¡gracias!, yo creí que era por las monedas.
Las letras azules eran chiquitas, íntimas, para ser leídas cuando uno estaba parado en la puerta y obligatoriamente debía detenerse, cómo lo hice yo, a la vuelta del paseo.
Hay miles de cosas que, a pesar de mi edad, no entiendo.
Como la de cerrar un kiosco, relativamente bien ubicado, frente a una parada de colectivos y dejar, en pequeñas letras azules, un testamento tan terrible.
“CERRADO
por falta de afecto”.
Víctor Troncoso
El sábado por la tarde, tenía sed. Aprovechando que sacaba a pasear a mi perro, me acerqué al kiosco de la otra cuadra, pero ante mi sorpresa, estaba cerrado. Pensé que, por el intenso calor, el dueño habría decretado su día libre o tal vez, como yo, hubiera salido en busca de un árbol frondoso, con buena sombra, en el parque del barrio. Me fui acercando, mi perro tironeaba, sabedor del camino a su libertad, sus ganas de pisar tierra, olfatear pasto, encontrase con otros caninos. Pasé volando, el cartel en grandes letras rojas decía CERRADO, eso lo entendí bien, abajo en letras azules tenía otra leyenda que no alcancé a leer, lo haría a la vuelta.
Recordé a Federico García Lorca y a su libro “Poeta en Nueva York”, donde describió lo que ocurría en tiempos del caos financiero del 29. Lorca dijo, en una conferencia, refiriéndose a su libro:”Yo tuve la suerte de ver por mis ojos, el último crack en que se perdieron varios billones de dólares, un verdadero tumulto de dinero muerto que se precipitaba al mar, y jamás, entre varios suicidas, gente histéricas y grupos desmayados, he sentido la impresión de la muerte real, la muerte sin esperanza, la muerte que es podredumbre y nada más, donde las ambulancias se llevaban a los suicidas con las manos llenas de anillos”. El kiosco de la esquina cerró. Seguramente es otro cierre, de los tantos que podemos llegar a ver, de pequeños comerciantes, cuando sus vecinos se quedan sin trabajo y no pueden pagar sus cuentas, ni alimentar los pequeños vicios de un pobre: una gaseosa, una cerveza helada, cigarrillos o caramelos para los pibes. Cuando la crisis financiera afecta a los poderosos, los que menos tienen, aquellos que son prescindibles, Se convierten en el eslabón más débil de la cadena que se rompe y eso es lo que ya empezó a pasar. Por lo menos, ya se ven las pequeñas señales, aunque se silencie en los medios de información o el aparato político no quiera hablar de ello. Algo está pasando.
Caminar por el parque, me sirve para observar y también para reflexionar, aprovechando la oportunidad de pararme sobre la tierra, mirar el cielo, tomar fuerzas. Mañana, vendrá otro día, con sus problemas a resolver, sus locuras propias, sus exigencias, con la realidad que se me cae en la cabeza, antes aún de sacar mi cuerpo dormido de entre las sábanas y llevarlo a la ducha. La televisión, me hablará de los grandes y poderosos, que hicieron inversiones en bonos de papel pintado, en pedacitos de ilusiones de colores.
Lo cierto es, que el pobre quiosquero cerró, bajó las cortinas, puso un cartel escrito a mano con un marcador de trazo grueso, rojo, para que todo el barrio sepa que se fue. ¿Habrá vuelto a Perú? Ahora que lo pienso mejor y trato de acordarme de su cara, de los gestos del viernes, cuando le compré un paquete de pastillas, de esas que te enfrían la boca y uno se ve obligado a hacer ahhhhh, y a pensar que eso es refrescante, cuando me miró y me digo ¡gracias!, yo creí que era por las monedas.
Las letras azules eran chiquitas, íntimas, para ser leídas cuando uno estaba parado en la puerta y obligatoriamente debía detenerse, cómo lo hice yo, a la vuelta del paseo.
Hay miles de cosas que, a pesar de mi edad, no entiendo.
Como la de cerrar un kiosco, relativamente bien ubicado, frente a una parada de colectivos y dejar, en pequeñas letras azules, un testamento tan terrible.
“CERRADO
por falta de afecto”.
Víctor Troncoso
Mañana
Mañana
Levanté el teléfono, su voz entrecortada.
Lo que escuché, me golpeó las pelotas.
¿Cómo es posible?, me pregunté.
No lo podía creer.
Cerré los ojos y respiré profundo, estaba harto, me pedía ayuda.
Voy a verte, le dije, y combinamos que, al día siguiente, a las tres de la tarde, nos encontraríamos en su casa, para buscarle una solución al asunto.
Esa noche, no pude dormir, la idea me daba vueltas y vueltas en la cabeza. ¿Cómo es posible?, me repetía, taladraba mi mente, me obligaba a permanecer en la oscuridad, mirando la pared que, cada tanto, se iluminaba por las luces de algún coche que cruzaba nuestro barrio, inmerso en la nada. Las cosas suceden de repente y te golpean la cara, ahora mismo, debo hablar con su madre, ponernos de acuerdo y voy dilatando el tiempo, dejando que se estrellen los minutos y las horas, desmayados en la madrugada, sin poder ni siquiera alcanzar el teléfono. Cómo explicar lo inexplicable, cómo afrontar lo desconocido, lo por venir, sabiendo que se enredó la vida para siempre. Cómo pensar que es un muerto vivo que camina por las calles, si lo escucho reír y sé que mañana lo voy a ver y me recibirá con su mejor sonrisa, me ofrecerá algo fresco o: “¿hago unos mates?” Y le tendré que decir que no, que no se moleste, que con un vaso de agua fría está bien, o lo que tenga y se vendrá con una cerveza bien helada y un platito de maníes, porque sabe que me gustan y él heredó el mismo capricho de llenar la mesa con cáscaras peladas. Seguro que, después de servirnos, ella se retirará silenciosamente y a continuación de dar vueltas y vueltas con el vaso en la mano, mientras se me mojan los dedos, tendré que mirarlo a los ojos y él ya sabrá entonces, lo que los dos no podemos ni queremos decir y mejor no decir nada y mirarnos y esperar pacientemente al otro, a que el otro venga al pie...
Cómo empezar una charla normal, sabiendo que, en su sangre, tiene vampiros que tarde o temprano le ganarán la partida (y por ahora siempre ganan), menos mal que ahora la lluvia se apiadó y golpea la ventana, rebota en la persiana abierta y se va ganando dentro del cuarto, por la misma hendija donde antes entraba un poco de aire, en este momento en que estoy ahogado y pegajoso y triste, por él. En casos cómo estos, uno debe mirar al cielo o bajar los ojos al infierno de la realidad y saber exactamente cuánto dura un día, de cuántos minutos estamos hablando, cuando decimos que cada segundo se deberá vivir a pleno, porque no hay futuro, o el mal llamado futuro ya llegó silenciosamente y nos pasó por encima. Seguramente, mañana me ponga un pantalón vaquero y una camisa blanca y él me espere en ojotas, las que trajo de Perú, las ussutas o cómo se llamen. Si ya no importa mucho, porque los sueños que navegaban mares extraños se llenaron de fenicios de guardapolvos blancos, de carceleros inyectables, de cadenas de suministros aletargadores y, poco a poco, las palabras se irán arrastrando hasta la puerta, para pasar por debajo del felpudo y perderse para siempre. Si soy consciente que, cuando lo mire, pensaré que un día me voy a olvidar de sus ojos y otro día discutiré con sus amigos, sobre si eran color cielo o de mar o de lejanía en su mirada y me dirán que era un genio, un ser de luz, con un sueño hermoso por realizar, y sonreiré largamente tocándome la barba, feliz de haberlo conocido tanto. Baby don’t cry.
Víctor Troncoso
Levanté el teléfono, su voz entrecortada.
Lo que escuché, me golpeó las pelotas.
¿Cómo es posible?, me pregunté.
No lo podía creer.
Cerré los ojos y respiré profundo, estaba harto, me pedía ayuda.
Voy a verte, le dije, y combinamos que, al día siguiente, a las tres de la tarde, nos encontraríamos en su casa, para buscarle una solución al asunto.
Esa noche, no pude dormir, la idea me daba vueltas y vueltas en la cabeza. ¿Cómo es posible?, me repetía, taladraba mi mente, me obligaba a permanecer en la oscuridad, mirando la pared que, cada tanto, se iluminaba por las luces de algún coche que cruzaba nuestro barrio, inmerso en la nada. Las cosas suceden de repente y te golpean la cara, ahora mismo, debo hablar con su madre, ponernos de acuerdo y voy dilatando el tiempo, dejando que se estrellen los minutos y las horas, desmayados en la madrugada, sin poder ni siquiera alcanzar el teléfono. Cómo explicar lo inexplicable, cómo afrontar lo desconocido, lo por venir, sabiendo que se enredó la vida para siempre. Cómo pensar que es un muerto vivo que camina por las calles, si lo escucho reír y sé que mañana lo voy a ver y me recibirá con su mejor sonrisa, me ofrecerá algo fresco o: “¿hago unos mates?” Y le tendré que decir que no, que no se moleste, que con un vaso de agua fría está bien, o lo que tenga y se vendrá con una cerveza bien helada y un platito de maníes, porque sabe que me gustan y él heredó el mismo capricho de llenar la mesa con cáscaras peladas. Seguro que, después de servirnos, ella se retirará silenciosamente y a continuación de dar vueltas y vueltas con el vaso en la mano, mientras se me mojan los dedos, tendré que mirarlo a los ojos y él ya sabrá entonces, lo que los dos no podemos ni queremos decir y mejor no decir nada y mirarnos y esperar pacientemente al otro, a que el otro venga al pie...
Cómo empezar una charla normal, sabiendo que, en su sangre, tiene vampiros que tarde o temprano le ganarán la partida (y por ahora siempre ganan), menos mal que ahora la lluvia se apiadó y golpea la ventana, rebota en la persiana abierta y se va ganando dentro del cuarto, por la misma hendija donde antes entraba un poco de aire, en este momento en que estoy ahogado y pegajoso y triste, por él. En casos cómo estos, uno debe mirar al cielo o bajar los ojos al infierno de la realidad y saber exactamente cuánto dura un día, de cuántos minutos estamos hablando, cuando decimos que cada segundo se deberá vivir a pleno, porque no hay futuro, o el mal llamado futuro ya llegó silenciosamente y nos pasó por encima. Seguramente, mañana me ponga un pantalón vaquero y una camisa blanca y él me espere en ojotas, las que trajo de Perú, las ussutas o cómo se llamen. Si ya no importa mucho, porque los sueños que navegaban mares extraños se llenaron de fenicios de guardapolvos blancos, de carceleros inyectables, de cadenas de suministros aletargadores y, poco a poco, las palabras se irán arrastrando hasta la puerta, para pasar por debajo del felpudo y perderse para siempre. Si soy consciente que, cuando lo mire, pensaré que un día me voy a olvidar de sus ojos y otro día discutiré con sus amigos, sobre si eran color cielo o de mar o de lejanía en su mirada y me dirán que era un genio, un ser de luz, con un sueño hermoso por realizar, y sonreiré largamente tocándome la barba, feliz de haberlo conocido tanto. Baby don’t cry.
Víctor Troncoso
miércoles, 5 de noviembre de 2008
LA PEBETA QUE YA NO ES...
Ahora, que los años han transcurrido, te quiero contar, casual observador de nuestra cita aquel día, el desenlace.
Ese muchacho, al que nombraste tan enamorado, finalmente fue mi marido. Nunca creí en sus palabras, porque siempre viví de cara a la realidad. Sabrás, ocasional observador, que esa perorata tierna y edulcorada, pertenece a su conocido repertorio. Aún hoy, peinando canas, las incautas caen en la red de sus fantasías. Ellas, son las flores, aman su discurso. Yo, la maceta, lo quiero tal cual es.
“No todo lo que reluce es oro” “Las apariencias engañan”, en fin, estas y otras frases históricas parecidas, te las voy a recordar, incidental observador. Para que comprendas que, para saber hay que ver el otro lado, el que, por estar oculto, no es menos verdadero, es más, en este caso es el único verdadero, mi ocasional observador, casual e incidental testigo de aquel día.
Cristina Scarlato
Ese muchacho, al que nombraste tan enamorado, finalmente fue mi marido. Nunca creí en sus palabras, porque siempre viví de cara a la realidad. Sabrás, ocasional observador, que esa perorata tierna y edulcorada, pertenece a su conocido repertorio. Aún hoy, peinando canas, las incautas caen en la red de sus fantasías. Ellas, son las flores, aman su discurso. Yo, la maceta, lo quiero tal cual es.
“No todo lo que reluce es oro” “Las apariencias engañan”, en fin, estas y otras frases históricas parecidas, te las voy a recordar, incidental observador. Para que comprendas que, para saber hay que ver el otro lado, el que, por estar oculto, no es menos verdadero, es más, en este caso es el único verdadero, mi ocasional observador, casual e incidental testigo de aquel día.
Cristina Scarlato
viernes, 31 de octubre de 2008
Migreñas
Migre-ñas
I
—Mamá, Mamá, ¡qué hermoso día! Tengo ganas de salir al parque, arreglate y vayamos después de almorzar a dar una vuelta, ¿querés?
— ¿La vuelta del perro? Querida, ya estoy grande para eso. ¿Por qué no llamas a Juanita y salen las dos? A vos te conviene salir con ella.
—¿Por qué mamá?
—Porque tu belleza se realza.
—¡Ay mamá! ¡Sos fatal!
—No, soy frontal, que no es lo mismo, yo digo lo que siento, no como otros, a los que tenés que entender “lo que realmente te quieren decir...”
—Sí, debe ser por eso que no te quedó ni una amiga.
—Bueno, por fin, te salió la venenosa.
—No, soy tan frontal como vos, ¿o crees que no me doy cuenta de nada?
—¿Qué decís? Yo preferí alejarme... “mejor sola que mal acompañada”.
—Y por eso te lo digo, ni los tíos nos hablan.
—No, eso es por otra cosa.
—¿Por qué?
—Por plata, ¿no ves que nadie nos avisó de la muerte del tío Pocho, el hermano de tu padre?
—¿Y adonde querés que te avisen si no tienen nuestra dirección, ni el teléfono?
—Porque ¡NO QUIEREN!
—¡¡¡NO MAMA PORQUE ELLOS NOS ECHARON COMO A PERROS SARNOSOS, POR TU SOBERBIA!!!
—¿Y qué pretendías? ¿qué me rebajara ante los señores? Ellos son los dueños de los campos y nos echaron porque nunca admitieron el amor de tu padre conmigo.
—No, mamá, vos te ofendiste y te distanciaste.
—¿Cómo te atrevés?
—Es la verdad, mamá, lo sabe toda la familia y eso no es todo...
—¿Así que la señorita de la casa tiene información condifencial?
—Hablá, desahogate de una vez.
—Mirá, mamá, no quiero seguir...
—Vos empezaste. Vos terminás.
—Lo dejamos ahí ¿querés?
—Mejor.
II
—De compras, la señora.
—¡No sabés cómo aumentaron las cosas, hija, una barbaridad!
—¿Y por qué te fuiste sola, tenías que hacer algo, o ver a alguien?
—¡Sos terrible! Si, tenía que encontrarme con un macho.
—Lo decís con sorna, mamá, pero seguro que lo fuiste a buscar, y la verdad no te entiendo, porque cuando está en casa no querés que se quede ni un minuto, todo te molesta y ahora, porque el señor está enojado y no viene, ni llama para preguntar por su hijo, salís a buscarlo.
—Lo hice por vos, porque no puedo verte destrozada y llorando en los rincones.
—¿Quién llora, Vieja?, el tinto te hace pensar barbaridades, y hasta que no volvés a meter la pata no parás, ¿por qué no nos dejás tranquilos? Ernesto debe tener una mujerzuela, por eso no se preocupa del nene, ni le importa nada.
—¿Me parece a mi, o la que tomaste alcohol ahora sos vos? ¿O te olvidás que lo volviste a echar a patadas por otro de tus caprichos infantiles?
—Y eso ¿qué tiene que ver?
—Todo tiene que ver con todo.
—Mirá mamá, desde que empecé a salir con Ernesto, te pusiste en su contra, siempre.
—¿Y que querés, que te felicite?, ¡con ese don nadie!
—Si me lo presentaste vos, o te olvidaste que vos le hablabas en el mercado, que yo era esto y que lo otro, y que estábamos solas en el mundo...
—Echame la culpa de todo, total...qué le hace una mancha más al tigre.
—No, toda la culpa no la tenés, pero todos los días estás sembrando cizaña.
—Porque te quiero y quiero lo mejor para tu vida.
—Porque querés plata, ¡decí la verdad!, querés que compre esto y aquello otro y lo de más allá, él será el padre de mi hijo, pero no es mi marido.
—Claro que no es tu marido, porque sos una ingenua y cualquier día se borra y te quedás con el pendejo, sola, para siempre.
—Por tu culpa, porque sos una rompe huevos, una metida
—Sabés, la verdad, me hartaste, ¡basta, me cansé!, cualquier día de estos me MATO.
—Chau, volvió Migré y el pobre reencarnó en una arpía.
—Vos tomame el pelo, que te vas a arrepentir toda la vida...cuando no esté...
—Vieja: hace treinta y cinco años, que te escucho decir lo mismo, se lo repetiste a papá hasta en la tumba y me lo seguís diciendo a mí, toda mi vida, ¡acabala, ya es demasiado!
—Yo estoy muy cansada, quiero ver un poco de televisión tranquila.
—¿Cómo podés, después del escándalo que armaste, sentarte a mirar la tele, lo más pancha?, siempre lo mismo en esta casa.
III
—Qué bueno que está el Rial ese...
—Si mamá, si fuera por vos, le bajás la caña, ¿no?
—Es un bombón.
—Mami, si un tipo como él me diera bola, largo todo y me voy a la mierda.
—¡Hija e’ tigre!
—Como vos, mamá.
—Fijate si hay algo en la heladera para picar, nos vendría muy bien con un traguito.
—Estoy muerta de sed.
—Mirá a Ventura.
—¿También te gusta, mamá?
—Y, también le daría...y nos paramos para toda la vida, debe tener mucha guita.
—Tenés razón, mamá, sabés que tenés razón.
—Nena, siempre tengo razón.
—Lo estuve pensando toda la tarde, sabés, que creo que te voy a hacer caso...me parece que es tiempo de empezar todo de nuevo, de renovarme, no quiero más ser la misma.
—¿Y?
—Mamá...me voy a comprar un chichuahua, como el de Moria.
Víctor Troncoso
I
—Mamá, Mamá, ¡qué hermoso día! Tengo ganas de salir al parque, arreglate y vayamos después de almorzar a dar una vuelta, ¿querés?
— ¿La vuelta del perro? Querida, ya estoy grande para eso. ¿Por qué no llamas a Juanita y salen las dos? A vos te conviene salir con ella.
—¿Por qué mamá?
—Porque tu belleza se realza.
—¡Ay mamá! ¡Sos fatal!
—No, soy frontal, que no es lo mismo, yo digo lo que siento, no como otros, a los que tenés que entender “lo que realmente te quieren decir...”
—Sí, debe ser por eso que no te quedó ni una amiga.
—Bueno, por fin, te salió la venenosa.
—No, soy tan frontal como vos, ¿o crees que no me doy cuenta de nada?
—¿Qué decís? Yo preferí alejarme... “mejor sola que mal acompañada”.
—Y por eso te lo digo, ni los tíos nos hablan.
—No, eso es por otra cosa.
—¿Por qué?
—Por plata, ¿no ves que nadie nos avisó de la muerte del tío Pocho, el hermano de tu padre?
—¿Y adonde querés que te avisen si no tienen nuestra dirección, ni el teléfono?
—Porque ¡NO QUIEREN!
—¡¡¡NO MAMA PORQUE ELLOS NOS ECHARON COMO A PERROS SARNOSOS, POR TU SOBERBIA!!!
—¿Y qué pretendías? ¿qué me rebajara ante los señores? Ellos son los dueños de los campos y nos echaron porque nunca admitieron el amor de tu padre conmigo.
—No, mamá, vos te ofendiste y te distanciaste.
—¿Cómo te atrevés?
—Es la verdad, mamá, lo sabe toda la familia y eso no es todo...
—¿Así que la señorita de la casa tiene información condifencial?
—Hablá, desahogate de una vez.
—Mirá, mamá, no quiero seguir...
—Vos empezaste. Vos terminás.
—Lo dejamos ahí ¿querés?
—Mejor.
II
—De compras, la señora.
—¡No sabés cómo aumentaron las cosas, hija, una barbaridad!
—¿Y por qué te fuiste sola, tenías que hacer algo, o ver a alguien?
—¡Sos terrible! Si, tenía que encontrarme con un macho.
—Lo decís con sorna, mamá, pero seguro que lo fuiste a buscar, y la verdad no te entiendo, porque cuando está en casa no querés que se quede ni un minuto, todo te molesta y ahora, porque el señor está enojado y no viene, ni llama para preguntar por su hijo, salís a buscarlo.
—Lo hice por vos, porque no puedo verte destrozada y llorando en los rincones.
—¿Quién llora, Vieja?, el tinto te hace pensar barbaridades, y hasta que no volvés a meter la pata no parás, ¿por qué no nos dejás tranquilos? Ernesto debe tener una mujerzuela, por eso no se preocupa del nene, ni le importa nada.
—¿Me parece a mi, o la que tomaste alcohol ahora sos vos? ¿O te olvidás que lo volviste a echar a patadas por otro de tus caprichos infantiles?
—Y eso ¿qué tiene que ver?
—Todo tiene que ver con todo.
—Mirá mamá, desde que empecé a salir con Ernesto, te pusiste en su contra, siempre.
—¿Y que querés, que te felicite?, ¡con ese don nadie!
—Si me lo presentaste vos, o te olvidaste que vos le hablabas en el mercado, que yo era esto y que lo otro, y que estábamos solas en el mundo...
—Echame la culpa de todo, total...qué le hace una mancha más al tigre.
—No, toda la culpa no la tenés, pero todos los días estás sembrando cizaña.
—Porque te quiero y quiero lo mejor para tu vida.
—Porque querés plata, ¡decí la verdad!, querés que compre esto y aquello otro y lo de más allá, él será el padre de mi hijo, pero no es mi marido.
—Claro que no es tu marido, porque sos una ingenua y cualquier día se borra y te quedás con el pendejo, sola, para siempre.
—Por tu culpa, porque sos una rompe huevos, una metida
—Sabés, la verdad, me hartaste, ¡basta, me cansé!, cualquier día de estos me MATO.
—Chau, volvió Migré y el pobre reencarnó en una arpía.
—Vos tomame el pelo, que te vas a arrepentir toda la vida...cuando no esté...
—Vieja: hace treinta y cinco años, que te escucho decir lo mismo, se lo repetiste a papá hasta en la tumba y me lo seguís diciendo a mí, toda mi vida, ¡acabala, ya es demasiado!
—Yo estoy muy cansada, quiero ver un poco de televisión tranquila.
—¿Cómo podés, después del escándalo que armaste, sentarte a mirar la tele, lo más pancha?, siempre lo mismo en esta casa.
III
—Qué bueno que está el Rial ese...
—Si mamá, si fuera por vos, le bajás la caña, ¿no?
—Es un bombón.
—Mami, si un tipo como él me diera bola, largo todo y me voy a la mierda.
—¡Hija e’ tigre!
—Como vos, mamá.
—Fijate si hay algo en la heladera para picar, nos vendría muy bien con un traguito.
—Estoy muerta de sed.
—Mirá a Ventura.
—¿También te gusta, mamá?
—Y, también le daría...y nos paramos para toda la vida, debe tener mucha guita.
—Tenés razón, mamá, sabés que tenés razón.
—Nena, siempre tengo razón.
—Lo estuve pensando toda la tarde, sabés, que creo que te voy a hacer caso...me parece que es tiempo de empezar todo de nuevo, de renovarme, no quiero más ser la misma.
—¿Y?
—Mamá...me voy a comprar un chichuahua, como el de Moria.
Víctor Troncoso
miércoles, 22 de octubre de 2008
EL FORASTERO
El hombre llegó arrastrando los pies y se sentó a beber, casi no se lo escuchó hablar.
Su portafolios, viejo y raído, reposaba en el piso, cerca del mostrador. Dejaba pasar las horas con el vaso a la mano, a veces agitaba el aire hasta encontrarlo y bebía insaciable. Entonces, el dueño del boliche lo llenaba de nuevo, como atento a una orden predicha, un acuerdo entre los dos. De a ratos lo miraba de reojo, calculando cuándo caería inconsciente. Pensaba: “Otro borracho más para el fiado, mejor le voy cobrando ahora para no perder todo después”. Su mujer llegaría de un momento a otro, no le gustaba madrugar. Se miraba las manos, las manchas ya delataban la edad, años y años la misma rutina, sin cambio en días y noches, ¿para qué? En el pueblo, estaban habituados a entrar y olvidarse del mundo, algunos jugaban a los dados, otros a las cartas, la mayoría simplemente se ponía a tomar hasta que había que ayudarlos a llegar a sus casas; algún solidario reflexionaba: “Hoy por ti mañana por mí”. Estaba tardando demasiado, tendría que subir a despertarla. Dos años atrás llegó como de paso y se quedó. Mejor dicho, él la había hecho quedar, en cuanto la vio, se enamoró. Después, el tiempo hizo el resto; al parecer, no la esperaban en ningún otro lugar y por comodidad o gratitud, seguía ahí. Se daba cuenta de que no lo quería, pero era casi feliz sintiéndola cerca. Todo no se puede tener.
Levantó la vista, ella bajaba por la escalera distraída, arreglándose el pelo. Cuando estuvo al lado, rozó su mejilla y le dijo, como siempre: “Andá a descansar, ya estoy yo”. El la retuvo un momento, aspiró su aroma y luego se fue yendo despacio. No había llegado al primer escalón y un estampido a su espalda, lo paralizó. Al darse vuelta la vio tendida, la sangre comenzaba a rodearla. El borracho, sostenía en su mano vacilante el arma, todavía humeando.
Cristina Scarlato
Su portafolios, viejo y raído, reposaba en el piso, cerca del mostrador. Dejaba pasar las horas con el vaso a la mano, a veces agitaba el aire hasta encontrarlo y bebía insaciable. Entonces, el dueño del boliche lo llenaba de nuevo, como atento a una orden predicha, un acuerdo entre los dos. De a ratos lo miraba de reojo, calculando cuándo caería inconsciente. Pensaba: “Otro borracho más para el fiado, mejor le voy cobrando ahora para no perder todo después”. Su mujer llegaría de un momento a otro, no le gustaba madrugar. Se miraba las manos, las manchas ya delataban la edad, años y años la misma rutina, sin cambio en días y noches, ¿para qué? En el pueblo, estaban habituados a entrar y olvidarse del mundo, algunos jugaban a los dados, otros a las cartas, la mayoría simplemente se ponía a tomar hasta que había que ayudarlos a llegar a sus casas; algún solidario reflexionaba: “Hoy por ti mañana por mí”. Estaba tardando demasiado, tendría que subir a despertarla. Dos años atrás llegó como de paso y se quedó. Mejor dicho, él la había hecho quedar, en cuanto la vio, se enamoró. Después, el tiempo hizo el resto; al parecer, no la esperaban en ningún otro lugar y por comodidad o gratitud, seguía ahí. Se daba cuenta de que no lo quería, pero era casi feliz sintiéndola cerca. Todo no se puede tener.
Levantó la vista, ella bajaba por la escalera distraída, arreglándose el pelo. Cuando estuvo al lado, rozó su mejilla y le dijo, como siempre: “Andá a descansar, ya estoy yo”. El la retuvo un momento, aspiró su aroma y luego se fue yendo despacio. No había llegado al primer escalón y un estampido a su espalda, lo paralizó. Al darse vuelta la vio tendida, la sangre comenzaba a rodearla. El borracho, sostenía en su mano vacilante el arma, todavía humeando.
Cristina Scarlato
miércoles, 15 de octubre de 2008
Azul Marino
Azul Marino
A María, la que rema.
Reconstruyó la chapa de aluminio grabada con láser, adherida en la pared exterior de la cápsula, interpretó la leyenda y los signos arqueológicos, las imágenes de los pequeños asteroides y minúsculos planetas. JER, ya había descifrado, en otras oportunidades, descripciones parecidas. Supo ubicarla inmediatamente, anotó en su informe; Procedencia: Rincón del Medio, en el valle del Azul. Esta civilización había podido sobrevivir, envuelta por una nube azul marino, alejada de la mirada inquisidora Del Que Todo Lo Ve (DQTLV), o de sus científicos, que estudiaban los movimientos, los mínimos indicios capaces de aportar alguna inquietud en su reino.
Cuando la trajeron a su laboratorio, estaba identificada como: INVM830.009 con detalles de conservación óptimos. JER, acondicionó el lugar y dispuso que sus ayudantes colaboraran en la tarea de reanimación y su posterior asiento en el Centro de Recuperación Criónica, se tomó su tiempo para ingresar la clave de apertura. Todo debería estar perfectamente ajustado, ya que cualquier alteración haría que se perdiese la valiosa información que venía encriptada en su cerebro del año dos mil. Siguieron el procedimiento preestablecido, en un profundo silencio, cubrieron la sala con luces bajas ocultas en el techo y ellos quedaron envueltos en una penumbra de invisibilidad; después, la ejecución demandó que la cinta transportadora girase la cubierta hasta la posición A, pequeños tarugos la afirmaron al armazón y desplegaron la parte B para separar en dos la cápsula, dejaron luego el contenido en la camilla y liberaron los protectores criónicos, la mascarilla, tubos y arneses que la sujetaban. Ante ellos, quedó al descubierto un cuerpo femenino muy joven y hermoso, al que llamaron IaNaVaMa, piel blanca, cabellos blancos, ojos azules, invernada con un tumor cerebral de amplitud 4, irreversible para su época. JER dictaminó el uso del radiactivador alógeno ultrasónico y limpió perfectamente la zona afectada, luego, dispuso que le inyectaran en las venas VPS. Los encargados cumplieron al pie de la letra lo estipulado y volvieron a dejar descansar el cuerpo, libre de su escafandra, en la sala acondicionada de traspolarización.
Siyónami comenzó a despertar como quien vuelve de un largo viaje, apenas tenía conciencia de haber dormido profundamente, tuvo muchos sueños que aún resonaban en su estado de vigilia semiconsciente, el sonido claro de tambores, las corridas por el amplio valle para esconderse de los hijos del diablo, que pasaban bufando, sudados, con sus ojos inyectados en sangre, torpes para descubrir lo oculto, pero obstinados y peligrosos para mujeres de a pie y sin lanzas para defenderse.
De esos extraños sueños, sólo podía recordar que navegaba en una canoa por un río oscuro, escabroso, pestilente; que doblaba en un recodo y luego se zambullía graciosamente, disfrutando de pisar el barro gelatinoso de la orilla, de acercarse al fuego y comer, entre risotadas, rodeada de chabochis blancos.
—Está muy agitada —dijo JER— vuelve de las penumbras de su tiempo, debemos monitorear su despertar, los signos vitales están perfectos, pero toda alteración puede ser muy peligrosa. E inmediatamente le conectaron terminales en todo su cuerpo.
María había remado toda la tarde, la primavera le regalaba un hermoso día de sol y era hora de volver al puerto del Tigre, cuando le pareció ver al costado del río Sarmiento, a una muchacha vestida de blanco brillante que la miraba desde la orilla con unos profundos ojos azules, la luz reflejaba en el agua marrón el sol que se retiraba, ocultándose entre los árboles; a lo lejos, las risas de los niños, el apuro de los padres por levantar campamento y las lanchas colectivas dejando surcos abiertos de nostalgias.
Había que respirar hondo e introducir acompasadamente los remos en el agua y empujar con el alma, con la vida, contra la corriente.
“Los Chabochis engañan, roban, acumulan, despojan, invaden nuestras tierras, son ventajeros, destruyen el bosque, no saben compartir y son injustos” Siyónami lo había aprendido de boca de su abuela desde muy chiquita y ahora, ya mujer, lo vivía en su cuerpo, huyendo escondida entre las malezas, entre las piedras, en las cuevas oscuras de animales salvajes. Por primera vez en su vida, temblaba como una hoja, temiendo. —Es muy feo, Areponápuchi, Señor de los verdes valles, tener miedo, en tu tierra— dijo Siyónami entre sollozos. Y miraba la tierra y las plantas sin reconocerlas, buscando algún indicio de su pueblo.
Más poderosos que las tormentas y los truenos, las embarcaciones surcaban un río desconocido.
Sólo los ojos de la muchacha, luchando en un bote, le parecían amigables.
La blanca mujer de cabellos blancos, que batallaba entre tinieblas y relámpagos de luz, tenía tatuados en sus brazos, dibujos tribales de Chihuahua de las tribus de los rarámuris, de los tarahumaras: los hombres del peyote, de la selva y la montaña. Sus ojos azules, fríos, miraban para adentro, para sus ríos internos de quebrantos, el corazón latía acompasado con la tempestad desatada, sus pies se hundían en las aguas sucias del Tigre y despertaban en los brazos de María, remando a esa hora de la acedía, cuando la tristeza invade a los monjes y la tarde cae, dejando que las largas sombras triunfen en la noche.
Sólo las estrellas, a lo lejos, emanaban su voz en el espacio, guiando a navegantes perdidos de otras galaxias.
—Los ministros del mal están sueltos, llegaron, bajaron de los barcos para matar, para robar, para destruir. Los chabochis, los hijos del demonio, están entre nosotros—gritó.
JER notó inmediatamente la crispación del cuerpo, la tensión en el rostro y luego, la amplia y pacífica sonrisa, cuando los ojos de Siyónami o IaNaVaMa se animaron a mirar hacia afuera, buscando los ojos de María.
Víctor Troncoso
Glosario:
Siyónami: Azul (nombre de mujer tarahumara)
Acedía: "Llega al rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino". (CATIC) Es un pecado
A María, la que rema.
Reconstruyó la chapa de aluminio grabada con láser, adherida en la pared exterior de la cápsula, interpretó la leyenda y los signos arqueológicos, las imágenes de los pequeños asteroides y minúsculos planetas. JER, ya había descifrado, en otras oportunidades, descripciones parecidas. Supo ubicarla inmediatamente, anotó en su informe; Procedencia: Rincón del Medio, en el valle del Azul. Esta civilización había podido sobrevivir, envuelta por una nube azul marino, alejada de la mirada inquisidora Del Que Todo Lo Ve (DQTLV), o de sus científicos, que estudiaban los movimientos, los mínimos indicios capaces de aportar alguna inquietud en su reino.
Cuando la trajeron a su laboratorio, estaba identificada como: INVM830.009 con detalles de conservación óptimos. JER, acondicionó el lugar y dispuso que sus ayudantes colaboraran en la tarea de reanimación y su posterior asiento en el Centro de Recuperación Criónica, se tomó su tiempo para ingresar la clave de apertura. Todo debería estar perfectamente ajustado, ya que cualquier alteración haría que se perdiese la valiosa información que venía encriptada en su cerebro del año dos mil. Siguieron el procedimiento preestablecido, en un profundo silencio, cubrieron la sala con luces bajas ocultas en el techo y ellos quedaron envueltos en una penumbra de invisibilidad; después, la ejecución demandó que la cinta transportadora girase la cubierta hasta la posición A, pequeños tarugos la afirmaron al armazón y desplegaron la parte B para separar en dos la cápsula, dejaron luego el contenido en la camilla y liberaron los protectores criónicos, la mascarilla, tubos y arneses que la sujetaban. Ante ellos, quedó al descubierto un cuerpo femenino muy joven y hermoso, al que llamaron IaNaVaMa, piel blanca, cabellos blancos, ojos azules, invernada con un tumor cerebral de amplitud 4, irreversible para su época. JER dictaminó el uso del radiactivador alógeno ultrasónico y limpió perfectamente la zona afectada, luego, dispuso que le inyectaran en las venas VPS. Los encargados cumplieron al pie de la letra lo estipulado y volvieron a dejar descansar el cuerpo, libre de su escafandra, en la sala acondicionada de traspolarización.
Siyónami comenzó a despertar como quien vuelve de un largo viaje, apenas tenía conciencia de haber dormido profundamente, tuvo muchos sueños que aún resonaban en su estado de vigilia semiconsciente, el sonido claro de tambores, las corridas por el amplio valle para esconderse de los hijos del diablo, que pasaban bufando, sudados, con sus ojos inyectados en sangre, torpes para descubrir lo oculto, pero obstinados y peligrosos para mujeres de a pie y sin lanzas para defenderse.
De esos extraños sueños, sólo podía recordar que navegaba en una canoa por un río oscuro, escabroso, pestilente; que doblaba en un recodo y luego se zambullía graciosamente, disfrutando de pisar el barro gelatinoso de la orilla, de acercarse al fuego y comer, entre risotadas, rodeada de chabochis blancos.
—Está muy agitada —dijo JER— vuelve de las penumbras de su tiempo, debemos monitorear su despertar, los signos vitales están perfectos, pero toda alteración puede ser muy peligrosa. E inmediatamente le conectaron terminales en todo su cuerpo.
María había remado toda la tarde, la primavera le regalaba un hermoso día de sol y era hora de volver al puerto del Tigre, cuando le pareció ver al costado del río Sarmiento, a una muchacha vestida de blanco brillante que la miraba desde la orilla con unos profundos ojos azules, la luz reflejaba en el agua marrón el sol que se retiraba, ocultándose entre los árboles; a lo lejos, las risas de los niños, el apuro de los padres por levantar campamento y las lanchas colectivas dejando surcos abiertos de nostalgias.
Había que respirar hondo e introducir acompasadamente los remos en el agua y empujar con el alma, con la vida, contra la corriente.
“Los Chabochis engañan, roban, acumulan, despojan, invaden nuestras tierras, son ventajeros, destruyen el bosque, no saben compartir y son injustos” Siyónami lo había aprendido de boca de su abuela desde muy chiquita y ahora, ya mujer, lo vivía en su cuerpo, huyendo escondida entre las malezas, entre las piedras, en las cuevas oscuras de animales salvajes. Por primera vez en su vida, temblaba como una hoja, temiendo. —Es muy feo, Areponápuchi, Señor de los verdes valles, tener miedo, en tu tierra— dijo Siyónami entre sollozos. Y miraba la tierra y las plantas sin reconocerlas, buscando algún indicio de su pueblo.
Más poderosos que las tormentas y los truenos, las embarcaciones surcaban un río desconocido.
Sólo los ojos de la muchacha, luchando en un bote, le parecían amigables.
La blanca mujer de cabellos blancos, que batallaba entre tinieblas y relámpagos de luz, tenía tatuados en sus brazos, dibujos tribales de Chihuahua de las tribus de los rarámuris, de los tarahumaras: los hombres del peyote, de la selva y la montaña. Sus ojos azules, fríos, miraban para adentro, para sus ríos internos de quebrantos, el corazón latía acompasado con la tempestad desatada, sus pies se hundían en las aguas sucias del Tigre y despertaban en los brazos de María, remando a esa hora de la acedía, cuando la tristeza invade a los monjes y la tarde cae, dejando que las largas sombras triunfen en la noche.
Sólo las estrellas, a lo lejos, emanaban su voz en el espacio, guiando a navegantes perdidos de otras galaxias.
—Los ministros del mal están sueltos, llegaron, bajaron de los barcos para matar, para robar, para destruir. Los chabochis, los hijos del demonio, están entre nosotros—gritó.
JER notó inmediatamente la crispación del cuerpo, la tensión en el rostro y luego, la amplia y pacífica sonrisa, cuando los ojos de Siyónami o IaNaVaMa se animaron a mirar hacia afuera, buscando los ojos de María.
Víctor Troncoso
Glosario:
Siyónami: Azul (nombre de mujer tarahumara)
Acedía: "Llega al rechazar el gozo que viene de Dios y a sentir horror por el bien divino". (CATIC) Es un pecado
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